Inflacion: Patrón oro y patrón trabajo

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Teoría keynesiana

John Maynard Keynes, nacido en Inglaterra, lanzó una teoría contraria al concepto tradicional de que el presupuesto sano de gobierno debe ser equilibrado. Keynes afirmó que el Estado debe crear dinero y gastar más de lo que percibe de impuestos: esto se llama “inflación”. Opinaba que de esa forma se puede activar la economía y dar trabajo a los desempleados.

La alta finanza de Nueva York estuvo de acuerdo con esta teoría, que presentaba grandes ventajas políticas. En cuanto Roosvelt llegó al poder, empezó a implantarla en 1933.

Roosevelt había sido promovido a la Presidencia por las principales logias y sinagogas del país. Bernard M. Baruch, (Consejero de presidentes desde la época de Wilson u jefe del Conseje Imperial de la Gran Masonería Universal) se hallaba entre los protectores de Roosevelt, junto con Félix Frankfurter, Henry Morgenthau, James P. Warburg, Samuel Untermeyer, Sam Rosenman, el rabino Stephen Wise, Harry Hopkins, y otros muchos que formaron parte de la administración rooseveltiana.

Roosevelt, descendiente de una familia expulsada de España que pasó a Amsterdam y luego a Manhattan, era afiliado a varios ritos masónicos y hombre de confianza del más alto nivel supracapitalista. Siempre tuvo en cuenta estos intereses antes que los del pueblo americano.

Al promover la inflación como deliberada política oficial, Roosevelt inauguró una nueva etapa económica de gran alcance. En principio el gobierno pidió dinero prestado a Federal Reserve Board, cuyos cinco Bancos integrantes emitieron billetes. Los Bancos empezaron a ganar dividendos, y la economía se reactivó como quien se reanima con una droga.

Este sistema, con el correr de los tiempos, fue aplicado por otros gobiernos y países.

La práctica

La inflación presenta las siguientes implicancias y consecuencias:

1 – Imprimir más dinero del que tiene respaldo de producción es como introducir dinero falsificado. Es una especie de confiscación de una parte del dinero que está en manos del pueblo. Es como imponer un impuesto invisible. La inflación hace disminuir el poder adquisitivo del dinero.

2- Con la inflación se encarece todo. Ante las protestas públicas, el Estado puede congelar algunos precios, con lo cual daña al empresario menos fuerte, y el consumidor sólo logra un paliativo temporal. El alza de salarios es otro espejismo, pues siempre va quedando atrás de los precios.

3 – Se van anulado los patrimonios particulares y familiares. El ahorro pierde valor constantemente. Se le mutila al pueblo su fuerza económica. La clase media es comprimida hacia abajo. Ya no basta lo que gana el jefe familiar y entonces la esposa y los hijos se ven forzados a trabajar también, lo que viene a debilitar el contacto familiar.

4 – La inflación es una droga que proporciona euforia pasajera. Inicialmente crea más empleos, pero acaba por frenar la inversión privada y entonces reaparece el desempleo.

5 – Los grandes monopolios pueden sortear el daño de la inflación mecanizando más sus plantas para reducir la mano de obra, o bien, subiendo el precio de sus productos. En realidad hacen ambas cosas y con frecuencia la inflación hasta les es beneficiosa. En cambio, muchos capitales medianos y pequeños viven dificultosamente en la inflación o van siendo absorbidos por los monopolios o por el Fisco.

6 – Tras efímeras etapas engañosas de precios tope o de aumentos de salarios, se va perdiendo la confianza en el sistema económico de libre empresa. Aumenta el número de personas que llegan a alentar la esperanza de que el comunismo sea la única salida.

7 – Si imprimir billetes fuera el secreto para producir riqueza, todos los países nadarían en abundancia tan sólo con imprimir cada vez más billetes.

8 – La inflación beneficia únicamente al movimiento político que lo produce. El poder adquisitivo que incesantemente se va perdiendo, no se esfuma. No es poder que desaparece misteriosamente. Es poder que se transfiere al Estado.

9 – La inflación tiene móvil político. En algunos países el gobierno utiliza al inflación para adquirir empresas, perder dinero con ellas, adquirir más empresas y seguir perdiendo dinero. Tales gastos, a costa del pueblo, significan un aumento del poder político y económico del Estado. Tal “estatización” es una de las fases del avance revolucionario.

10 – En otros países el incremento de dinero que logra el Estado a través de la inflación se destina a subvencionar los movimientos revolucionarios internacionales. Roosevelt hizo esto en gran escala.

La estadística le asigna al dólar de 1939, un índice de 100. Diez años después, en 1950, el valor adquisitivo del dólar había bajado a 57,7. O sea que cada dólar había perdido más de 42 centavos de valor adquisitivo. ¿Desaparición mágica? … ¡No! Ese valor adquisitivo perdido por el ciudadano norteamericano se había transferido a otra parte.

En cuanto Alemania atacó a la URSS en 1941, y estaba a punto de acabar con la base de la Revolución, Roosevelt anunció que Estados Unidos apoyaba a la URSS porque era “una democracia agredida”.

Inmediatamente comisionó al banquero Averel Harriman para que volara a Moscú y le preguntara a Stalin qué era lo que necesitaba con mayor urgencia.

Según cifras oficiales, Estados Unidos le envió al Ejército Rojo lo siguiente:

13.303 tanques de combate.
15.033 aviones.
35.170 motocicletas.
2.328 vehículos especiales.
427.284 camiones pesados.
66 locomotoras diésel.
1.900 locomotoras a vapor.
10.000 furgones de ferrocarril.
3.786.000 neumáticos.
18.000.000 de pares de botas.
2.500.000 toneladas de acero.
2.500.000 toneladas de gasolina.
4.500.000 toneladas de carne, azúcar, harina y grasa.
2.660 barcos, con un total de 16.500.000 toneladas de desplazamiento.
Además de eso, grandes cantidades de aluminio, cobre, estaño, equipo telefónico y otros pertrechos. (Estas cantidades no incluyen la ayuda que Inglaterra también le envió a la URSS)

Aparte de esa ayuda directa, Moscú recibió la ayuda indirecta de los ejércitos aliados que abrieron un frente en África, otro en Italia, y en Francia (Normandía) y en el sur de Francia, más la acción de la flota norteamericana en la batalla del Atlántico y los bombardeos masivos contra las ciudades alemanas y las industrias que abastecían el frente antisoviético.

El embajador norteamericano en Moscú, William C. Bullit, se sorprendía que la gigantesca ayuda que Roosevelt enviaba no se aprovechara ni siquiera para pedirle a la URSS que diera garantías de respetar a sus vecinos tras la victoria, y ni siquiera a Polonia, por cuya “liberación” se había iniciado la guerra. Mr. Bullit fue remplazado en 1943 por el magnate Averell Harriman, que estaba mejor enterado de por qué se subvencionaba el avance de la revolución.

Los enormes gastos que Roosevelt estaba haciendo no podían cubrirse con los impuestos, ni con el aumento de los mismos. Era necesario otro gravamen disfrazado, una confiscación, o sea la inflación.

Los 42 centavos que cada estadounidense perdió en la década de la guerra no se había esfumado misteriosamente. Habían cambiado de los bolsillos norteamericanos a las filas del Ejército Rojo.

Así de maravilloso es el instrumento confiscatorio llamado inflación.

De los 330.000 millones de dólares que le costó a Estados Unidos la guerra, 154.000 millones los obtuvo mediante la inflación, y el resto cubierto con el alza de los impuestos.

Este proceso inflacionario ha seguido con altas y bajas. En gran parte para ayudar a regímenes marxistas como en China Roja, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, al URSS, etc., y en parte para auxiliar a países que van virando en esa misma dirección.

A principios de 1978 el dólar ya había perdido 79 centavos de poder adquisitivo, en relación al dólar de 1939.

Patrón oro y patrón trabajo

Todos los sistemas monetarios respaldan el dinero con el “patrón oro”.

Al acceder al poder el Nacionalsocialismo en Alemania, Hitler tomó entre otras, dos medidas relevantes: prohibió las logias masónicas y derogó el “patrón oro”, adoptando en cambio el “patrón trabajo”, basado en la teoría de Goottfied Feder, según la cual, la moneda era un papel solo de cambio, que nada valía por sí mismo, si no que el valor era la capacidad de producir del pueblo alemán. Así, lo importante sería construir una industria y la emisión de dinero era una cuestión de fabricación de billetes, cuyo respaldo sería esa industria. El Estado era el único que tenía la potestad de emitir moneda, y no los banqueros.

Para lograr el restablecimiento de Alemania, postrada después de la primera guerra, fue necesaria una dura lucha contra la usura, la especulación, el sistema bancario ligado al interés del dinero y la producción ficticia de bienes sin mediar trabajo ni creación alguna. Éstos fueron tratados como lo que son: parásitos de la vida de un pueblo y causante de sus miserias.

Les guste o no a sus detractores, el Nacionalsocialismo en cinco años sacó a Alemania de la peor crisis económica de su historia colocándola entre las primeras naciones, reocupando a más de 6.000.000 de desocupados, y beneficiando y alimentando el resto. Ante esos argumentos, callan muchos detractores.

Era un mal ejemplo, temido por los poderes financieros que aunaron esfuerzos para combatirlo, ridiculizarlo y desprestigiarlo. Puede consultarse al respecto, entre otras, las obras de Joaquín Bochaca “La historia de los vencidos” y “Los crímenes de los buenos”.

El Diario “The Times”, órgano de difusión de la finanza internacional en Inglaterra, reconoce en su edición del 15/10/1940: “En plena guerra, en Alemania, no se habla de la necesidad de aumentar los impuestos, ni de estimular el ahorro ni lanzar enormes empréstitos de guerra; muy por el contrario, recientemente acaba de abolirse un importante impuesto. El dinero es tan abundante que, desde nuestro punto de vista, no tiene explicación. Hitler parece haber descubierto el secreto de trabajar sin un sistema financiero clásico y poner en marcha un sistema basado en el movimiento perpetuo”.

Y vaya si lo había descubierto. A tal punto lo había descubierto, que le costó ir a la guerra.

El coronel J. Creagh Scott, del “Inteligent Service”, que tomó personalmente parte en las negociaciones de paz con plenipotenciarios alemanes, denunciando en el boletín de la “Nacional Industrial Development of Eire”, y posteriormente en una Conferencia pronunciada en el Ayuntamiento de Chelsea, dijo que la paz pretendida por Alemania estuvo a punto de lograrse, pero los ingleses exigían que Alemania renunciara a su autarquía económica y adoptara el “patrón oro” en lugar del “patrón trabajo”, volviendo al sistema librecambista. Además Alemania debía autorizar la reapertura de las logias masónicas, clausuradas por Hitler.

Para lograr la paz, Alemania estaba dispuesta a ceder en muchas cosas, pero no en esas. Era demasiado pedir.

Con información de:

Salvador Borrego. Infiltración Mundial.
– Salvador Borrego. El supra capitalismo.
– Athur R. Herrmann y A. Ritsch. La economía en la cosmovisión nacionalsocialista.p.13
Leonardo Castagnino . 

Fuente: www.lagazeta.com.ar

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