Nican Mopohua: La verdadera y original constitución de México

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Consignado está en nuestra historia nacional que la primera constitución que tuvo nuestro país fue la redactada y firmada en octubre de 1814 en la ciudad michoacana de Apatzingán, por iniciativa del Siervo de la Nación, el sacerdote católico don José María Morelos y Pavón.

Sin embargo nadie había reparado que la verdadera y original constitución o Carta Magna fundacional de la nación mexicana se había escrito casi tres siglos antes y de acuerdo a esta fecha, es la más antigua del mundo.

Esta constitución que nadie la considera como tal, es el documento conocido como Nican Mopohua por ser las primeras palabras con las que inicia dicho documento y que significa: Aquí se cuenta o aquí se consigna y es la narración original del acontecimiento que alumbró a la Nación Mexicana: las apariciones de la Virgen de Guadalupe.

Pero ¿qué nos lleva a afirmar semejante cosa? Algo muy simple, así como en la declaración de independencia de los Estados Unidos y en la misma y referida Constitución de Apatzingán se relatan los hechos que llevaron a tomar un nuevo rumbo a la nación de forma independiente de cualquier otra y además, que la motivación final de esta independencia es la búsqueda del bienestar de la población que habita en el territorio al que se hace referencia, así mismo y de forma literal, se consigna en el Nican Mopohua.

Para comprender esto a cabalidad, iremos analizando parte por parte el documento redactado a mediados del siglo XVI y escrito por el sabio indígena Antonio Valeriano, el cual lo escribió escuchando la narración de voz del mismo Juan Diego protagonista de los acontecimientos guadalupanos.

En dicho documento, se presenta como en cualquier constitución y actas de independencia posteriores, una narración del contexto histórico en el que se dio y por lo cual sucedió el acontecimiento que en él se consigna, el cuál es el siguiente:

“Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos, así como empezó a brotar la fe, el conocimiento del verdadero Dios, por quien se vive.”

Luego se detalla el acontecimiento: “A la sazón, en el año de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Tocante a las cosas espirituales aún todo pertenecía a Tlatilolco.

Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; callaban a ratos las voces de los cantores; y parecía que el monte les respondía. Su canto, muy suave y deleitoso, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.

Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: “¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?”

Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: “Juanito, Juan Dieguito”.

Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara.

Llegado a su presencia, se maravilló mucho de su sobrehumana grandeza: su vestidura era radiante como el sol; el risco en que se posaba su planta flechado por los resplandores, semejaba una ajorca de piedras preciosas, y relumbraba la tierra como el arco iris.

Los mezquites, nopales y otras diferentes hierbecillas que allí se suelen dar, parecían de esmeralda; su follaje, finas turquesas; y sus ramas y espinas brillaban como el oro.

Se inclinó delante de ella y oyó su palabra muy blanda y cortés, cual de quien atrae y estima mucho. Ella le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos, ¿a dónde vas?” Él respondió: “Señora y Niña mía, tengo que llegar a tu casa de México Tlatilolco, a seguir cosas divinas, que nos dan y enseñan nuestros sacerdotes, delegados de nuestro Señor”.

Aquí la interlocutora de Juan Diego le revela que es la Soberana de esta tierra al decir: “Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del Creador cabe quien está todo; Señor del cielo y de la tierra.”

Así como en la declaración de independencia de Estados Unidos y en la constitución de Apatzingán se reconoce la existencia de un Creador que rige a todas las naciones, y al presentarse la Señora del cielo, como Madre de ese Creador y Señor de cielos y tierra, es ella, por esta relación, Soberana igual que su Hijo, no sólo de esta tierra sino del mundo y creación entera.

Inmediatamente después con el poder que le ha revelado poseer y la dignidad que ostenta, da la primera orden y fija el lugar donde ella gobernará: “Deseo vivamente que se me erija aquí una casita”. Con esta orden designaba un lugar desde el cual gobernaría y sería su sede.

Y concede, el primer derecho de esta constitución: “para en él (templo) mostrar y dar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa” aquí queda establecido que la finalidad de acogerse a esta disposición, es la mejoría de la calidad de vida que experimentaría quien se sometiera a dicha ordenanza.

Después concede el segundo derecho que es el de la ciudadanía y además los beneficios que trae consigo: “pues yo soy vuestra piadosa madre; a ti, a todos vosotros juntos, los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen; oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores.”

En donde se menciona a “los demás amadores míos que me invoquen y confíen en mí” se refiere a los que no hayan nacido en estas tierras, pero que igualmente cumpliendo con esta ordenanza, acceden a la ciudadanía que la Señora del Cielo ofrece y el beneficio que conlleva: “oír allí sus lamentos, y remediar todas sus miserias, penas y dolores”

Después designa a la persona sobre la que recaerá la autoridad que ella obtuvo por merecimiento y que ella designa como su primer ministro: “Y para realizar lo que mi clemencia pretende, ve al palacio del obispo de México y le dirás cómo yo te envío a manifestarle lo que mucho deseo, que aquí en el llano me edifique un templo: le contarás puntualmente cuanto has visto y admirado y lo que has oído.”

Aquí, nuestra Madre del Cielo, establece en nuestra primera Carta Magna, la igualdad de razas y de individuos, al elegir a los dos extremos de la sociedad de ese momento para que se encuentren y se hablen directamente sin intermediarios, como iguales y también al dar esta orden, establece que es tan digno de confianza y credibilidad el indio más humilde, como es Juan Diego, como la palabra y autoridad del obispo a quien la soberana concede la potestad de hacer el discernimiento sobre si esta petición es verídica o no.

Después la Señora celeste determina otro derecho: la justa paga por el trabajo realizado, lo cual es la práctica, pero ahora elevada a ley por provenir como promesa hecha por la Soberana de estas tierras: “Ten por seguro que lo agradeceré bien y lo pagaré, porque te haré feliz y merecerás mucho que yo recompense el trabajo y fatiga con que vas a procurar lo que te encomiendo. Mira que ya has oído mi mandato, hijo mío el más pequeño, anda y pon todo tu esfuerzo”.

“Habiendo entrado en la ciudad, sin dilación se fue en derechura al palacio del obispo, (…) Apenas llegó, trató de verle; rogó a sus criados que fueran a anunciarle y pasado un buen rato vinieron a llamarle, que había mandado el señor obispo que entrara.”

Después de que Juan Diego cumplió la Voluntad de la Soberana y ante la incredulidad de la máxima autoridad, Juan Diego, que aún no asimilaba la abolición de clases que había decretado la Señora del Cielo, solicitó ser remplazado en la encomienda asignada, a lo cual la Soberana reafirmó, el poder y autoridad que detenta y además confirmando su voluntad de llevarse a cabo la igualdad entre todos los hombres al decirle: “Oye, hijo mío el más pequeño, ten entendido que son muchos mis servidores y mensajeros, a quienes puedo encargar que lleven mi mensaje y hagan mi voluntad; pero es de todo punto preciso que tú mismo solicites y ayudes y que con tu mediación se cumpla mi voluntad.”

Después de esto, determina el derecho al descanso tras la jornada laboral, ya que pudo mandar de vuelta a Juan Diego a buscar al obispo ese mismo día, pero en cambio, determinó que fuera hasta el día siguiente una vez que hubiera descansado de la fatiga del trabajo encomendado ese día: “Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, y con rigor te mando, que otra vez vayas MAÑANA a ver al obispo. Dale parte en mi nombre y hazle saber por entero mi voluntad, que tiene que poner por obra el templo que le pido. Y otra vez dile que yo en persona, la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, te envía”.

Respondió Juan Diego: “Señora y Niña mía, no te cause yo aflicción; de muy buena gana iré a cumplir tu mandado; de ninguna manera dejaré de hacerlo ni tengo por penoso el camino. Iré a hacer tu voluntad. (…) Luego se fue él a descansar a su casa.”

Como en la segunda entrevista tampoco fue creído, Juan Diego solicitó a la Señora del Tepeyac una prueba que la mostrara como la soberana con el poder de ordenar, disponer y otorgar derechos a lo que ella aceptó diciendo: “Bien está, hijo mío, volverás aquí mañana para que lleves al obispo la señal que te ha pedido; con eso el creerá y acerca de esto ya no dudará ni de ti sospechará y sábete, hijito mío, que yo te pagaré tu cuidado y el trabajo y cansancio que por mí has emprendido; ea, vete ahora; que mañana aquí te aguardo”.

Al día siguiente, lunes, cuando tenía que llevar Juan Diego alguna señal para ser creído, ya no volvió, porque cuando llegó a su casa, su tío con quien vivía llamado Juan Bernardino, le había dado la enfermedad, y estaba muy grave. Primero fue a llamar a un médico y le auxilió; pero ya no era tiempo, ya estaba muy grave.

Por la noche, le rogó su tío que de madrugada saliera, y fuera a Tlatilolco a llamar un sacerdote, que fuera a confesarle y disponerle, porque estaba muy cierto de que era tiempo de morir y que ya no se levantaría ni sanaría.

El martes, muy de madrugada, se vino Juan Diego de su casa a Tlatilolco a llamar al sacerdote; y cuando venía llegando al camino que sale junto a la ladera del cerrillo del Tepeyácac, hacia el poniente, por donde tenía costumbre de pasar, dijo: “Si me voy derecho, no sea que me vaya a ver la Señora, y en todo caso me detenga, para que llevase la señal al prelado, según me previno: que primero nuestra aflicción nos deje y primero llame yo deprisa al sacerdote; el pobre de mi tío lo está ciertamente aguardando”.

Luego, dio vuelta al cerro, subió por entre él y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no le detuviera la Señora del Cielo.

Pensó que por donde dio vuelta, no podía verle la que está mirando bien a todas partes. La vio bajar de la cumbre del cerrillo y que estuvo mirando hacia donde antes él la veía. Salió a su encuentro a un lado del cerro y le dijo: “¿Qué hay, hijo mío el más pequeño? ¿Adónde vas?”

¿Se apenó él un poco o tuvo vergüenza, o se asustó?

Juan Diego se inclinó delante de ella reconociendo su majestad y le saludó, diciendo: “Niña mía, la más pequeña de mis hijas. Señora, ojalá estés contenta. ¿Cómo has amanecido? ¿Estás bien de salud, Señora y Niña mía? Voy a causarte aflicción: sabe, Niña mía, que está muy malo un pobre siervo tuyo, mi tío; le ha dado la peste, y está para morir.

Ahora voy presuroso a tu casa de México a llamar uno de los sacerdotes amados de Nuestro Señor, que vaya a confesarle y disponerle; porque desde que nacimos, venimos a aguardar el trabajo de nuestra muerte.

Pero si voy a hacerlo, volveré luego otra vez aquí, para ir a llevar tu mensaje. Señora y Niña mía, perdóname; tenme por ahora paciencia; no te engaño, Hija mía la más pequeña; mañana vendré a toda prisa”.

Después vino la muestra de mayor amor, poder, ternura y protección que como Soberana dio al que ella ya había adoptado como su pueblo y nación con estas palabras:

“Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige, no se turbe tu corazón, no temas esa enfermedad, ni otra alguna enfermedad y angustia.

¿NO ESTOY YO AQUÍ QUE SOY TU MADRE?

¿NO ESTÁS BAJO MI SOMBRA?

¿NO SOY YO TU SALUD?

¿NO ESTÁS POR VENTURA EN MI REGAZO?

¿QUÉ MÁS HAS MENESTER?

No te apene ni te inquiete otra cosa; no te aflija la enfermedad de tu tío, que no morirá ahora de ella: está seguro que ya sanó”.

(Y entonces sanó su tío según después se supo). Cuando Juan Diego oyó estas palabras de la Señora del Cielo, se consoló mucho; quedó contento. Le rogó que cuanto antes le despachara a ver al señor obispo, a llevarle alguna señal y prueba; a fin de que le creyera.

Aquí quedó sellada con hechos concretos y demostrables que todo cuanto había dicho la Soberana era cierto, ya que demostró el poder que tenía y que la respaldaba por completo la voluntad de Dios y con esto el sello Divino puso su impronta a ésta que sería la Carta Magna de la nación mexicana, era su firma, como lo son los milagros, más el sello real (de realeza) aún estaba por estamparse.

La Señora del Cielo le ordenó a Juan Diego que subiera a la cumbre del cerrillo, donde antes la veía. Le dijo: “Sube, hijo mío el más pequeño, a la cumbre del cerrillo, allí donde me viste y te di órdenes, hallarás que hay diferentes flores; córtalas, júntalas, recógelas; Enseguida baja y tráelas a mi presencia”.

Al punto subió Juan Diego al cerrillo y cuando llegó a la cumbre se asombró mucho de que hubieran brotado tantas variadas, exquisitas rosas de Castilla, antes del tiempo en que se dan, porque a la sazón se encrudecía el hielo; estaban muy fragantes y llenas de rocío, de la noche, que semejaba perlas preciosas.

Luego empezó a cortarlas; las juntó y las echó en su regazo.

Bajó inmediatamente y trajo a la Señora del Cielo las diferentes rosas que fue a cortar; la que, así como las vio, las cogió con su mano y otra vez se las echó en el regazo, diciéndole: “Hijo mío el más pequeño, esta diversidad de rosas es la prueba y señal que llevarás al obispo.

Esta fue la misiva que la Madre del Cielo y Soberana de esta tierra envió a la autoridad reconocida y legitimada por ella a través de su portavoz Juan Diego.

Y le instruyó: “Le dirás EN MI NOMBRE que vea en ella mi voluntad y que él tiene que cumplirla.

TÚ ERES MI EMBAJADOR, MUY DIGNO DE CONFIANZA.

Rigurosamente te ordeno que sólo delante del obispo despliegues tu manta y descubras lo que llevas. Contarás bien todo; dirás que te mandé subir a la cumbre del cerrillo que fueras a cortar flores; y todo lo que viste y admiraste; para que puedas inducir al prelado a que te dé su ayuda, con objeto de que se haga y erija el templo que he pedido”.

Después que la Señora del Cielo le dio su consejo, se puso en camino (…) ya contento y seguro de salir bien, trayendo con mucho cuidado lo que portaba en su regazo, no fuera que algo se le soltara de las manos, y gozándose en la fragancia de las variadas hermosas flores.

Al llegar al palacio del obispo, salieron a su encuentro el mayordomo y otros criados del prelado. Les rogó le dijeran que deseaba verle, pero ninguno de ellos quiso, haciendo como que no le oían, sea porque era muy temprano, sea porque ya le conocían, que sólo los molestaba, porque les era importuno; y, además, ya les habían informado sus compañeros, que le perdieron de vista, cuando habían ido en su seguimiento.

Largo rato estuvo esperando.

Ya que vieron que hacía mucho que estaba allí, de pie, cabizbajo, sin hacer nada, por si acaso era llamado; y que al parecer traía algo que portaba en su regazo, se acercaron a él para ver lo que traía y satisfacerse.

Viendo Juan Diego que no les podía ocultar lo que traía y que por eso le habían de molestar, empujar o aporrear, descubrió un poco que eran flores, y al ver que todas eran distintas rosas de Castilla, y que no era entonces el tiempo en que se daban, se asombraron muchísimo de ello, lo mismo de que estuvieran muy frescas, tan abiertas, tan fragantes y tan preciosas.

Quisieron coger y sacarle algunas; pero no tuvieron suerte las tres veces que se atrevieron a tomarlas; no tuvieron suerte, porque cuando iban a cogerlas, ya no se veían verdaderas flores, sino que les parecían pintadas o labradas o cosidas en la manta.

Fueron luego a decir al obispo lo que habían visto y que pretendía verle el indito que tantas veces había venido; el cual hacía mucho que aguardaba, queriendo verle. Cayó, al oírlo el señor obispo, en la cuenta de que aquello era la prueba, para que se certificara y cumpliera lo que solicitaba el indito. Enseguida mandó que entrara a verle.

Luego que entró, Juan Diego reconociendo su autoridad se humilló delante de él, así como antes lo hiciera, y contó de nuevo todo lo que había visto y admirado, y también su mensaje.

Dijo: “Señor, hice lo que me ordenaste, que fuera a decir a mi Ama, la Señora del Cielo, Santa María, preciosa Madre de Dios, que pedías una señal para poder creerme que le has de hacer el templo donde ella te pide que lo erijas; y además le dije que yo te había dado mi palabra de traerte alguna señal y prueba, que me encargaste, de su voluntad.

Condescendió a tu recado y acogió benignamente lo que pides, alguna señal y prueba para que se cumpla su voluntad.

Hoy muy temprano me mandó que otra vez viniera a verte; le pedí la señal para que me creyeras, según me había dicho que me la daría; y al punto lo cumplió: me despachó a la cumbre del cerrillo, donde antes yo la viera, a que fuese a cortar varias rosas de Castilla.

Después me fui a cortarlas, las traje abajo; las cogió con su mano y de nuevo las echó en mi regazo, para que te las trajera y a ti en persona te las diera. Aunque yo sabía bien que la cumbre del cerrillo no es lugar en que se den flores, porque sólo hay muchos riscos, abrojos, espinas, nopales y mezquites, no por eso dudé; cuando fui llegando a la cumbre del cerrillo miré que estaba en el paraíso, donde había juntas todas las varias y exquisitas rosas de Castilla, brillantes de rocío que luego fui a cortar.

Ella me dijo por qué te las había de entregar; y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad; y también para que aparezca la verdad de mi palabra y de mi mensaje.

Helas aquí: recíbelas”.

Desenvolvió luego su blanca manta, pues tenía en su regazo las flores; y así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen Santa María, Madre de Dios, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyácac, que se nombra Guadalupe.

Y este fue el sello puesto por Dios delante de todos, a la misiva enviada por Su Madre al obispo.

Luego que la vio el señor obispo, él y todos los que allí estaban se arrodillaron; mucho la admiraron; se levantaron; se entristecieron y acongojaron, mostrando que la contemplaron con el corazón y con el pensamiento.

El señor obispo, con lágrimas de tristeza oró y pidió perdón de no haber puesto en obra su voluntad y su mandato. Cuando se puso de pie, desató del cuello de Juan Diego, del que estaba atada, la manta en que se dibujó y apareció la Señora del Cielo.

Luego la llevó y fue a ponerla en su oratorio. Un día más permaneció Juan Diego en la casa del obispo que aún le detuvo. Al día siguiente, le dijo: “Ea, a mostrar dónde es voluntad de la Señora del Cielo que le erija su templo”.

Inmediatamente se convidó a todos para hacerlo. No bien Juan Diego señaló dónde había mandado la Señora del Cielo que se levantara su templo, pidió licencia de irse.

Quería ahora ir a su casa a ver a su tío Juan Bernardino, el cual la Señora del Cielo ya había sanado. Pero no le dejaron ir solo, sino que le acompañaron a su casa.

Al llegar, vieron a su tío que estaba muy contento y que nada le dolía.

Se asombró mucho de que llegara acompañado y muy honrado su sobrino, a quien preguntó la causa de que así lo hicieran y que le honraran mucho.

Le respondió su sobrino que, cuando partió a llamar al sacerdote que le confesara y dispusiera, se le apareció en el Tepeyácac la Señora del Cielo; La que, diciéndole que no se afligiera, que ya su tío estaba bueno, con que mucho se consoló, le despachó a México, a ver al señor obispo para que le edificara una casa en el Tepeyácac.

Manifestó su tío ser cierto que entonces le sanó y que la vio del mismo modo en que se aparecía a su sobrino; sabiendo por ella que le había enviado a México a ver al obispo.

También entonces le dijo la Señora que, cuando él fuera a ver al obispo, le revelara lo que vio y de qué manera milagrosa le había sanado; y que bien la nombraría, así como bien había de nombrarse su bendita imagen, la siempre Virgen Santa María de Guadalupe.

Trajeron luego a Juan Bernardino a presencia del señor obispo; a que viniera a informarle y atestiguara delante de él. A ambos, los hospedó el obispo en su casa algunos días, hasta que se erigió el templo de la Reina del Tepeyácac, donde la vio Juan Diego.

El Señor obispo trasladó a la Iglesia Mayor la santa imagen de la amada Señora del Cielo; la sacó del oratorio de su palacio, donde estaba, para que toda la gente viera y admirara su bendita imagen.

La ciudad entera se conmovió: venía a ver y admirar su devota imagen, y a hacerle oración. Mucho le maravillaba que se hubiese aparecido por milagro divino; porque ninguna persona de este mundo pintó su preciosa imagen.

Y este acontecimiento sobrenatural y divino dio origen a la Nación Mexicana que antes de él estaba dividida en dos partes, españoles e indígenas y los mestizos que habían ido naciendo en esos 12 años de presencia española eran rechazados por ambos grupos ya que no eran ni españoles ni indígenas y en escritos de esa época se les llamaba los huérfanos ya que sus padres los abandonaban y vagaban por las calles comiendo sobras y desperdicios.

La imagen mestiza de la soberana de esta tierra y del cielo vino a poner fin a esta división y mostró el nuevo rostro de la Nación Mexicana, morena y mestiza dando nacimiento a una nueva raza, la mexicana.

Estos hechos y voluntad divina y disposiciones que dieron inicio a esta nueva nación, son las consignadas en nuestra primera y original constitución y carta magna y de soberanía el Nican Mopohua, la primera constitución moderna del mundo.

Publicado en: Hispanidad Católica y en el BIIE

Nació en la Ciudad de México En 1975.

Analista político desde hace más de 23 años, ha dado asesorías estratégicas a la iniciativa privada, a las fuerzas armadas, partidos políticos, a la Iglesia y a representaciones diplomáticas.

Ha impartido cursos de religión, historia, apreciación e historia del arte, geoestratégia y política, crecimiento personal y espiritual, entre otros temas en diversas ciudades de México.

Ha escrito más de 400 artículos sobre una amplia gama de temas como: historia, economía, política, defensa de la vida, escatología, religión, arte, ciencia, tecnología, nuevo orden mundial y revisionismo entre otros temas que han sido publicados en revistas y sitios de internet de México y otros países de habla hispana de América y Europa.

Fundó hace cinco años el Boletín de Información e Inteligencia Estratégica (BIIE) que es una publicación internacional calificada como uno de los mejores y más especializados medios de inteligencia, que se publica quincenalmente, y además produce videos de conferencias, entrevistas e informes especiales con sus corresponsales de diversas partes del mundo.

Participó como ponente junto con expertos de todo el mundo en el primer Congreso Internacional Identitario en mayo de 2015 en Guadalajara, Jalisco, México.

En febrero de 2016 publicó su primer libro Iglesia Perseguida Iglesia Verdadera que fue prologado por el Doctor en Teología y Doctor en Humanidades José Alberto Villasana.

Por invitación e iniciativa de Esteban Arce, uno de los comunicadores más importantes e influyentes de México, Miguel Salinas Chávez fundó en marzo de 2017 Orgullo e Identidad Nacional Mexicana (OEINM) que es una productora de contenidos audiovisuales para crear material identitario nacionalista de México, el cual originalmente se difundió a través de los medios de comunicación abierta más importantes de México como son Televisa y Grupo Imagen, en los espacios informativos que conduce Esteban Arce y ahora además, ese contenido se difunde en su propia página web, su canal de YouTube, y ampliamente en las redes sociales con la intención de despertar y exaltar el orgullo por la identidad nacional.

Es colaborador del periódico español Gaceta.es que es uno de los más influyentes de aquél país.

Es el representante en México de Infovaticana que es uno de los sitios web más seguidos e influyentes a nivel mundial sobre temas relacionados con la Iglesia Católica.

Conduce el programa México para Iberoamérica del canal de TV argentino TLV1.

Es colaborador y el representante en México del Consorcio de Medios español Grupo Intereconomía.

Es el representante en México del canal de tv colombiano Tele Amiga.

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