Francisco Romero y la manipulación de la Filosofía

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Heidegger no se cansó de reiterar que lo ónticamente más cercano es lo ontológicamente más lejano. Así, respecto de la filosofía en la Argentina la ignorancia de propios (los profesores de filosofía e investigadores) y extraños (lo que no están vinculados a la disciplina) es supina. Casi nada es lo que se sabe sobre nuestra disciplina y, para colmo, lo que se cree saber, es falso.

Sin ir más lejos todos aquellos que escriben sobre la filosofía de la liberación en Argentina buscan su origen en el marxismo, en Dussel o Roig, cuando el rescate de la singularidad americana se encuentra en Nimio de Anquín, filósofo del que los mendocinos fueron alumnos y sobre el que tienen sendos trabajos.

Claro está, Dussel y Roig como el zorro en el monte con la cola borraron las huellas, y los tontos de capirote siguen investigando sobre un falso camino.

Otro de los mitemas de la filosofía en Argentina es Francisco Romero y su teoría de la normalidad filosófica -donde solo se hace filosofía luego de hacer toda la carrera, seguir como profesor de ayudante hasta titular, estar al tanto de las novedades europeas y cartearse con algún profesor renombrado- es presentado como uno de los fundadores de la filosofía en la Argentina y quien fijó cómo se debe hacer filosofía.

Romero no fue filósofo pero hizo de la filosofía un negocio para su buen vivir personal. Logró vivir toda su vida colgado de la teta del Estado, primero como militar -llegó a capitán- y después con la ayuda de Alejandro Korn, accedió a las cátedras.

A un año del golpe de Estado contra Perón, golpe a favor del cual trabajó descaradamente Romero, un muy buen filósofo argentino, Miguel Ángel Virasoro, dijo de él cuando le dieron en 1956 el premio nacional de filosofía “demostré acabadamente que el capitán Romero no era un filósofo creador, sino un mero repetidor y divulgador de ideas ajenas, sin la profundidad ni pleno dominio de la problemática filosófica contemporánea de Carlos Astrada ni la brillantez y genialidad de Fatone”.

A propósito de este juicio, medio siglo después en su monumental obra Historia de la filosofía en Argentina (2001) afirma el templado profesor Caturelli: “No puede ignorarse la fuerza especulativa del pensamiento filosófico de Virasoro, muy por encima de otros autores coetáneos (como Romero) que, quizá por causas extrañas a la filosofía, tuvieron en su momento mayor “nombradía” e influencia personal. El tiempo, sin embargo, es un juez inexorable”.

Y verdaderamente el tiempo es un juez inexorable, pues me acaba de escribir Gustavo Bueno Sánchez, quien dirige la Escuela de filosofía de Ovideo, y él mismo es un eximio investigador en filosofía española e hispanoamericana, diciéndome que en la universidad de Gerona se encuentra el archivo Ferrater Mora y que acaba de abrirse y pudo consultar las 27 cartas de Romero a Ferrater. Y me envió una, pues para muestra solo basta un botón. (la adjunto al presente artículo).

Está fechada el 10 de julio de 1956 y afirma que la gente del gobierno nacional es estupenda por honestidad y sentido democrático. Aramburu es hombre de primera calidad. El vicepresidente, contra almirante Rojas, se ha revelado como un varón consular… Después de las vociferaciones perónicas durante 10 años reconforta el ánimo escuchar la proclamas y discursos de Aramburu, que hace recordar a Churchill, durante la guerra. José Luis (el hermano interventor en la universidad de Buenos Aires y que dejó cesantes a lo mejor de la filosofía argentina de entonces: Carlos Astrada, Juan Luis Guerrero, Leonardo Castellani, Carlos Cossio, Nimio de Anquín -en Córdoba-, Eugenio Pucciarelli y Diego Pró -en Tucumán- y tantos otros) tuvo que renunciar por un conflicto con un ministro clericalizante pero sus interventores quedaron todos y se sigue la política impuesta por él (por José Luis Romero, que es el padre del homónimo historiador al servicio de Macri y compañía). Eadem semper idem=siempre lo mismo. Creamos la Sociedad Argentina de filosofía que yo presido y Frondizi (se refiere a Risieri, que después llegó a ser rector de la UBA y que fue famoso porque su tesis doctoral fue un plagio de un libro de Etienne Gilson).

Y termina la carta poniéndose a nivel de Bernardo Hussay, que creó el Conicet para científicos en 1956, pero que inmediatamente entró como becario en filosofía el platense Emilio Estiú (y después se quejan conmigo los de La Plata cuando les recuerdo el verso: La Plata y sus pobres mozos, ciudad de amigos gravosos y de enemigos gratuitos. Ciudad hija de tres puntos con tanto gringo engreído, que dan ganas, te lo digo, de subirlos al barquillo.) De Ricardo Rojas el ilustre pensador de La restauración nacionalista; de Alfredo Palacios, el primer diputado socialista en Argentina. Pero él, Francisco Romero, que fue un remedo, una mala copia, que no fue nadie, se presenta ante Ferrater Mora como siendo más que ellos, porque se presentó a concurso. Un signo evidente de como Romero manipulaba la filosofía.

Artículo publicado en el Boletín BIIE Vol.05 No.10 – Febrero 2018 Segunda Quincena

Doctor en Filosofía y Catedrático de la Universidad Sorbona de París.

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