Un breve pensamiento sobre el heresiarca. Lutero y el terremoto

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Para la cristiandad, la página que el 31 de octubre de 2017 se escribió en la historia ciertamente será recordada como nefasta. Ni la más febril imaginación novelística hubiese elucubrado mejor la macabra idea de presentar a un heresiarca como prócer de la fe, mucho menos, íbamos a pensar que sería homenajeado por aquellos que fueron la causa del levantamiento iracundo de Lutero. Ciertamente, este hijo de la angustia, persecutor de la escolástica, enemigo autoproclamado del papa y destructor de la vida sacramental, fue instrumento útil en manos del príncipe de las tinieblas, cuya blasfema sinfonía ha arrastrado a tantas almas al error.

Es un síntoma claro de una sociedad necrosada moral y espiritualmente erigir altares a los réprobos, a los que con sus falsas doctrinas envenenaron a legiones de incautos. Esos son los “héroes” que se homenajean en días como hoy, ¡En lugar de celebrar el triunfo de la única reforma, la Católica, la que sofocó las brasas infernales del protestantismo con el ímpetu de los santos, cuyas inspiradas obras enarbolaron los pilares que ayudaron a sostener a la Iglesia, que bestialmente era embestida por las endemoniadas hordas orquestadas por Lutero!.

Al ejército de Santos, inspirados por la Verdad insuflada por el Divino Espíritu, debemos los merecidos homenajes, por haber defendido a la única Iglesia. Santa Teresa de Jesús, cuya abundante obra literaria, restableció el carácter místico-teológico en la doctrina, perdida a causa de la rebeldía materialista de Lutero. Cómo olvidar aquella milicia fundada por San Ignacio de Loyola, quién blandió la pluma para inmortalizar en los Ejercicios espirituales, una contundente contesta ante la abolición de la ascesis en la vida religiosa impuesta por Lutero. O San Cayetano, fundador de los Teatinos, quien a través de sus innumerables obras de caridad  revertió la situación causada por el monje apóstata, quien enseñaba la completa anulación del valor de las obras.

Con todo, y aun conociendo estos antecedentes, hoy es festejado aquel hombre que de su propia obra decía “Me veo obligado a confesarlo: mi doctrina ha producido muchos escándalos. Sí; no lo puedo negar; estas cosas frecuentemente me aterran”.

Y de sus seguidores señalaba que eran “siete veces peores que antes. Después de predicar nuestra doctrina, los hombres se entregaron al robo, a la impostura, a la crápula, a la embriaguez y a toda clase de vicios. Expulsamos un demonio (es decir, el papado) y vinieron siete peores”.

Vean hoy los frutos de la rebeldía de Lutero. Dios nos guarde de hablar el lenguaje de los herejes.

Lutero y el terremoto

Aun sin dejar de ser por ello católicos, hay que ser muy snobs para echar un velo de distante escepticismo sobre la posible y misteriosa vinculación entre el notorio acto de apostasía ínsito en la presencia de Francisco en Lund para festejar a Lutero y el terremoto que, anticipándose en veinticuatro horas al viaje papal, demolió la basílica de Nursia fundada y construida por el “padre” y santo patrono de Europa, San Benito y abrió grietas en algunos históricos templos romanos.

Enrostrándoles razones a los descreídos, Maurizio Blondet señala que «hasta ayer, quien hubiese osado pronunciar una idea semejante habría sido linchado por los media, por los obispos y cardenales, por «Francisco»; esta hipótesis, que detrás de un terremoto u otra calamidad colectiva pudiese haber un significado, un mensaje de Dios a causa de algunos de nuestros comportamientos colectivos, se hallaba confinada en el rango de las supersticiones más oscurantistas e ignorantes; era simplemente algo que el hombre moderno y el cristiano iluminado (por el Concilio) no podía ni siquiera permitirse pensar.

Ahora se puede. Debemos agradecer a la alta personalidad que -digámoslo así- destrabó el espinoso nexo de causa y efecto, quitándolo del basurero de las supersticiones dignas de vergüenza para elevarlo a la luz de lo políticamente correcto: el señor Ayub Kara.

Tal es el eximio viceministro israelí para la Cooperación Regional […] Como quizás sepáis (o quizás no), él mismo, en visita por Italia, quiso comunicar a las agencias lo que sigue: «estoy seguro de que el terremoto sobrevino a causa del voto italiano  a la UNESCO».

Era hora de que alguno lo dijese: el 18 de octubre, la UNESCO adoptó oficialmente una resolución sobre Jerusalén-Este (querida por los países árabes para la protección del patrimonio cultural palestino), en la cual los lugares santos de la Ciudad Vieja están indicados sólo con su nombre árabe, cosa que indignó a los israelitas. 26 naciones se abstuvieron de votar, entre las cuales Italia. Abstención, se observe, que no voto a favor de la posición palestina; pero basta con esto para suscitar la venganza cósmico-geológica de YHVH […]

Ningún periódico, ningún canal de televisión, ninguna autoridad civil o religiosa osó sumergir al judío bajo acusaciones de supersticioso oscurantismo. Es más, el viceministro Kara recibió el consenso de la máxima autoridad religiosa en funciones. Quizás no haya sido aclarado, pero Kara estaba visitando a El Papa [así en el original] cuando divulgó esta su certeza íntima de que nosotros sufrimos los terremotos porque no votamos como ordena Ysrael: lo lindo es que Francisco le dio la razón. De hecho, le dijo a Kara con claridad: «Dios ha prometido la tierra a la gente de Israel».

Él lo sabe con certeza, porque Dios no es católico. Y después de haber agradecido a Kara «por sus esfuerzos en favor de la Iglesia y los cristianos de Israel» (esfuerzos acerca de los cuales estaríamos contentos de conocer algo más), Bergoglio le dijo que él «desaprobaba fuertemente» la resolución de la UNESCO. Más aún: Kara fue más allá en su narrativa: «mientras escuchaba el discurso de El Papa, sintió que El Pontífice estaba enviando un mensaje directo a la UNESCO». En resumen: según él, «Francisco» increpó a la UNESCO por provocar la venganza sísmica con sus pronunciamientos anti-sionistas».

Mientras redactamos estas líneas seguían sucediéndose movimientos telúricos de importancia en el Apenino central, y al paso que Francisco firmaba la declaración conjunta católico-luterana en la que resalta la apelación al «recibir juntos la Eucaristía en una Mesa» (soslayando, por supuesto, todas aquellas cosas que nos dividen, como la teología sacrificial de la Santa Misa y la fe en la transubstanciación), los sismólogos siguen alertando sobre venideros estragos en la espina dorsal de Italia. Más de uno hizo notar, con justificado enojo, que cualquier jefe de Estado suspende sus compromisos internacionales cuando una devastación natural golpea a su Nación, y a Francisco se le reclamó concretamente que, si no es para aventar la sospecha de una conexión entre su ominoso periplo sueco y las fallas tectónicas de la península itálica, al menos deponga por piedad su programado mitín con tal o cual lésbica obispesa luterana para apersonarse ante las ruinas de la basílica que honraba al patrono del monacato occidental, hoy representativas de la Iglesia y su tragedia.

La grieta de la nave central de San Pablo Extramuros refleja a suficiencia la hendidura abierta por el hereje sajón en el cuerpo de la Cristiandad, separando de la Iglesia a un número considerable de almas y naciones y desatando, con su incuestionable «genio (contra) religioso», todas las pestes morales y espirituales que arreciaron progresivamente en los cinco siglos que le siguieron.

Con razón anotaba el padre Casimiro Galiberti en su obra Lutero convicto (1744), reprochándole al grasiento prevaricador una de sus numerosas y groseras herejías, que «habiendo sido solamente dadas a Pedro las llaves de abrir y cerrar en la potestad de la confesión, tibi dabo claves Regni Caelorum, como muerto san Pedro [Lutero pretende que] no es ya más viva en nosotros la facultad de perdonar. Con esta herida de heretical perfidia, se persuade el presuntuoso Lutero de hacer un gran terremoto contra el edificio de la Iglesia romana». Terremoto que se prolonga hasta nuestros días con un remozado concepto de «misericordia» tan afín al extrinsecismo luterano de la gracia, como para hacer del don de Dios una mera capa de nuestras inmundicias.

Sí, ya podemos darlo por confirmado: hay una estrecha relación entre la traición judaizante y ecumenista de Bergoglio y los desastres naturales en espantoso vigor.

Fuente: Nacionalismo Católico San Juan Bautista

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