Una sociedad marioneta, moribunda y sin identidad

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Desde tiempos antiguos, ha sido utilizado en diversas ocasiones el término «sociedad enferma» para describir la sociedad contemporánea de quien realizaba la observación y crítica de la misma.

A fecha actual, en pleno siglo XXI, dicho término no sólo sigue vigente, sino que, por desgracia, parece haber cobrado pleno sentido.

Si hace cincuenta años, la «enfermedad de los dirigentes» era el término utilizado para referirse a las enfermedades cardiovasculares, hoy día, a la luz de los acontecimientos mundiales, debiéramos emplearlo para referirnos a las enfermedades mentales y los trastornos de la conducta, tan abundantes entre la «élite» que nos gobierna y, extensible a un creciente número de individuos de otras profesiones que, en ciertos aspectos, son similares a aquellos.

Nuestra civilización está enferma, es un hecho irrefutable, esta enfermedad o descomposición surgida de la más baja naturaleza humana, que la lleva directamente camino al abismo, afecta a un grupo determinado de personas, está íntimamente ligada a la corrupción espiritual del hombre (entendido este término como individuo); es producto de la natural trayectoria seguida por la humanidad inicialmente fervorosa y respetuosa de Dios que, con el paso de los siglos se ha ido despojando de su Fe, cayendo en ateísmo, herejías, paganismo, masonería y demás contaminaciones de ideologías ajenas a nuestras raíces cristianas, materialismo excesivo y hedonista, a la par que los valores éticos, morales, cívicos y espirituales eran corrompidos, abandonados o menospreciados, avanzando en cambio el cinismo y la hipocresía.

A medida que la sociedad ha ido abandonando y despreciando esta Fe y creencia en Dios, han ido surgiendo sentimientos de miedo, ansiedad, ira, angustia e impotencia y, paralelamente el hombre esclavo de sí mismo, ha propugnado ideas y actividades frenéticas de carácter compulsivo, como búsqueda de una vía de escape para evitar afrontar esas dudas e inseguridades.

¿Se ha preguntado alguna vez qué tienen en común un etólogo (biólogo), un naturalista, un etnólogo (antropólogo), un sociólogo, un psicólogo y un médico? Si estudiaron por vocación y no por colgar un papelote en la pared con el que justificar sus honorarios (recordemos que muchos pasan por la universidad, pero la universidad no pasa por todos); todos ellos, en base a observaciones bien estudiadas, fundamentadas y documentadas, coincidirán y le explicarán, que ciertas comunidades de ciertas especies comparten características o patrones similares o comunes de comportamiento y conducta extrapolables a grupos o núcleos sociales comunitarios humanos (y no, no tiene absolutamente nada que ver con la teoría darwinista tan engañosa y dañina para la humanidad).

Si analizamos con detenimiento una sociedad y, por tanto, al individuo, sometida a agentes agresores cada vez mayores en número o frecuencia de acción continuada en espacio y tiempo, a su integridad física, moral, ética, cívica, emocional, psíquica, intelectual y espiritual, hallaremos un patrón de «síndrome funcional de adaptación», integrado por varias fases o etapas sucesivas o imbricadas por medio de interfases.

A una primera etapa de reacción de alarma, compuesta por dos fases integrantes, una de choque o sumisión inicial ante el ataque o agresión a su integridad, principios y valores, donde la resistencia falla o no se manifiesta por completo, seguida de una de contrachoque o inicio y desarrollo de movilización de recursos de carácter defensivo para proteger o regresar a un estado normal; le sigue una segunda etapa de resistencia o defensa que, si se prolonga demasiado, puede desembocar en una etapa de agotamiento o desgaste de recursos materiales y espirituales, donde la sociedad acaba sucumbiendo y aceptando finalmente tales agresiones como normales, perdiendo con ello su sistema de principios y valores intrínseco y consintiendo verdaderas aberraciones y atrocidades que, en otras circunstancias y condiciones, jamás toleraría bajo ningún concepto.

En ocasiones, un agente agresor interno o externo, puede desencadenar una serie de reacciones de defensa o resistencia cruzada contra otro agente agresor que perpetre su ataque o agresión de forma inmediata a aquel.

Se trata sencillamente del uso de técnicas de la llamada «guerra de desgaste» o «guerra de guerrillas», aplicadas como guerra de desgaste psicológico y material contra una sociedad o individuo en tiempos de supuesta «paz», y con efectos claramente visibles a nivel de integridad física, moral, ética, cívica, emocional, psíquica, intelectual y espiritual, de forma que dicha sociedad pierda su centro espiritual que es el que sostiene su integridad, quedando expuesta a merced del enemigo material y espiritual, convirtiéndose en una sociedad marioneta, moribunda y sin identidad, carente de valores y principios.

El lento veneno inoculado será difícil de extirpar y su efecto será proporcional a qué tan profundo haya penetrado y arraigado en las raíces del núcleo familiar que conforma esa sociedad; de ahí, que el principal objetivo de ataque sea la familia, el papel del hombre y la mujer dentro de ella y la espiritualidad de ambos.

A pesar de lo que muchas personas todavía creen, la mayoría de los recursos que un potencial enemigo destinará a atacar o agredir a sus adversarios, no se destinan a inteligencia o espionaje. Incluso si habláramos de espionaje político, industrial o similar, es más sencillo «encontrar» a la persona «adecuada», que infiltrar a un espía para acceder a la información.

Es mucho más práctico y sencillo, como ha sido demostrado en numerosas ocasiones, destinar el grueso de recursos a un proceso de subversión ideológica y cultural, lento pero seguro, repleto de técnicas y medidas activas, sea de forma abierta o clandestina, de manera que los principios y valores de una sociedad y, por ende, una civilización, queden irremediablemente alterados de forma irreversible.

Una de esas medidas activas, sería la guerra psicológica, mediante la destrucción de las bases fundamentales de una sociedad o civilización, esto es, los principios y valores morales, éticos, cívicos y espirituales del individuo y, por tanto de la estructura familiar y social de forma que la identidad nacional se diluya y el individuo no sienta razón lógica por la cual defenderse a sí mismo, a su familia, a su comunidad o a su nación; así como la alteración del orden político-administrativo, afectando con ello a la estructura e instituciones claves como las económicas, militares, intelectuales (educativas y culturales), religiosas, políticas, etc…fomentando el libertinaje y coartando la libertad. Por eso los primeros efectos se perciben dentro del núcleo familiar a nivel de principios y valores sumado a un ataque a la economía familiar.

Este proceso subversivo, ha sido ampliamente estudiado, documentado y explicado a lo largo de los siglos desde la Antigüedad, ya que ha sido ampliamente utilizado tanto en tiempos de guerra como de paz dentro del campo de la geopolítica y geoestrategia, entre otras. Y, si bien las técnicas y métodos de subversión ideológica y cultural son altamente efectivas, suelen ir acompañadas de otras, incluyendo sustitución de población en oleadas sucesivas como método y mecanismo acelerador.

Es habitual planificar y encauzar su desarrollo a través de varias etapas (que pueden o no contar con interfases) y, cuyo número, orden y secuencia es adaptado de acuerdo al plan trazado y al objetivo buscado y definido; es esencial para su éxito, contar con la organización y coordinación adecuadas.

A menudo se describen tres o cuatro etapas o fases en este proceso subversivo que, aunque no es la única forma de aplicación y uso, sí es la más común y, se corresponden de forma perfecta con las tres etapas del «síndrome funcional de adaptación», que vendrían a ser la respuesta al estímulo de estas tres o cuatro etapas subversivas.

Como es bien sabido, toda acción conlleva una reacción que, mantenida de forma reiterada provocará una contrareacción; de ahí, que la primera etapa o fase subversiva si bien puede ser activa y abierta en los casos que convenga, por norma general se efectúa de forma clandestina, camuflada o encubierta hasta entrar en la siguiente etapa donde debido a una posición de fortaleza ya es más factible una acción a cara descubierta con una clara diferenciación y demarcación de núcleos de poder.

En esa primera etapa clandestina, se planifica la forma de inocular la propaganda y las acciones a realizar, conjuntamente se infiltran las instituciones educativas, culturales, religiosas y familiares para adoctrinar desde la infancia. También se localizan los apoyos y recursos favorables a la acción que se pretende, por tanto, es fase de adoctrinamiento y captación.

Este tipo de técnica es la utilizada por el comunismo y el marxismo cultural, pero también por la masonería, en especial cierta rama, para infiltrar ideologías ajenas a Occidente bajo la falsa premisa de ser superiores, buscan la destrucción de todo aquello que conlleva espiritualidad, orden, moral, ética y civismo de acuerdo a unos cánones de dignidad e igualdad para el hombre y la mujer en tanto hijos de Dios y de acuerdo a la doctrina recibida directamente de Cristo.

Con el beneplácito y colaboración de los traidores surgidos dentro de Occidente han conseguido crear caos y confusión de ideas, conceptos y hechos, hasta el punto de que entre las filas tradicionalistas hay quien tergiversa el significado de Tradición de Dios acusando a los verdaderos tradicionalistas de ser ignorantes, intolerantes y fundamentalistas; defendiendo aquello mismo por lo que a fecha actual es criticado el Papa y el Vaticano y, alegando que debemos aceptar ciertas costumbres aberrantes de otras «culturas» carentes de libertad y repletas de libertinaje y odio, bajo la falsa premisa de espiritualidad, en base a ser tradiciones y costumbres ancestrales y, por tanto según ellos permisibles.

El enemigo está dentro de Occidente, culpa a la religión y civilización de Occidente de la podredumbre y destrucción de las raíces tradicionales, cuando en realidad son ellos los podridos que han de arder en el fuego del infierno. Un análisis más profundo de todos estos autores y defensores antiguos y actuales de tales barbaridades, nos deja al descubierto una contaminación directa de contactos con la masonería o procedencia de la misma, la cual se apropió de simbología existente en el cristianismo, lo contaminó y tergiversó en base a su ignorancia y odio hacia Cristo con otras ideologías más propias de gente ignorante y, si bien conservaron parte de verdad en sus escritos, están tan entremezclados que las mentes débiles pueden extraviarse sin retorno.

No son, como hemos dicho antes, los únicos en utilizarlo, y de ello se tratará en un futuro.

En una segunda etapa ya más a cara descubierta se buscan o cimentan la entrada de apoyos y recursos y se hace esa demarcación de núcleos de poder y bandas organizadas, con acciones claramente definidas y activas, mientras se adoctrina a la población en una falsa creencia de bonanza y paz.

En la tercera etapa, se continúa con la siguiente fase sucesiva al adoctrinamiento de la primera etapa, esto es, se intentará seducir al individuo que conforma la sociedad, de forma que en apariencia las ideas introducidas son inofensivas y carentes de riesgo, para crear vínculos emocionales que permitan llegar a lo más profundo de su psiquis y transformar su ideología de forma que absorba las ideas ajenas como propias y naturales y no oponga resistencia, es lo que comúnmente se llama adoctrinamiento y, si me lo permiten, le añadiré el adjetivo borreguil.

La vieja máxima de «la educación comienza antes de nacer» (en mi familia se decía veinte o treinta años antes de nacer), cobra total sentido, no sólo en una sociedad sana y normal sino por supuesto, al estudiar y observar con detenimiento las técnicas y estrategia de combate psicológico utilizado cuando el objetivo buscado es la transformación de una sociedad en receptora y asimiladora de ideología ajena a ella, y sustitución no sólo de ideas sino de principios y valores, mediante técnicas de manipulación y engaño, a través de las generaciones jóvenes de esa sociedad (de una a tres generaciones al menos, y eso implica unos quince o veinte años como bien han señalado algunos expertos y pedagogos); en cuarenta o cincuenta años una nación puede quedar totalmente aniquilada en cuestión de identidad. Ahora bien, lo preocupante es sin duda que, supuestamente un adulto debiera estar libre de dichas manipulaciones o influencias y un joven en cambio ser altamente manipulable, en realidad no es cierto al cien por cien, esto lo explicaremos en otra ocasión.

A través de una infiltración de información inteligentemente escogida y exponiendo a dichas generaciones ante una abrumadora cantidad de información manipulada, su psiquis e inteligencia puede ser colapsada, bloqueada y programada de forma que sean incapaces de distinguir lo veraz de lo falso o de lo manipulado que contenga medias verdades, incapaces de llegar a conclusiones sensatas y racionales, aceptarán sin cuestionar todo aquello que se les diga, y aunque se les muestre información o documentación verídica seguirán creyendo y respondiendo ciegamente a la programación recibida, incluso negando lo evidente, o peor aún, justificando esa información o comportamiento si procede de gente de su misma línea ideológica y condenando esa misma actitud si quien lo ejecuta es de ideología contraria, lo cual nos lleva a la «ceguera» mental, ética y moral tan peligrosa para la sociedad.

Es en esta misma etapa cuando se emplean los recursos y las personas captadas y adoctrinadas, repartidas en puestos clave, para desestabilizar la economía, el bienestar social, la estructura social, la defensa nacional, etc… causando falsas crisis y provocando enfrentamientos entre la población, de una forma más descarada bajo falsa libertad y un estricto control de las instituciones del gobierno y estado, mientras que se intenta engañar como continuación de la segunda etapa a la población haciéndoles creer y repitiendo hasta la saciedad que están en una sociedad próspera, libre, y en crecimiento positivo.

Finalmente se pasa a la siguiente etapa, donde una población desmoralizada, desestabilizada, y subyugada aceptará la farsa de que la situación se está consolidando positivamente y normalizando rumbo a una bonanza alejada de las crisis anteriores, y como un hámster corriendo en una noria el proceso volverá a repetirse hasta la saciedad o hasta que la misma sociedad hastiada de la situación y, de tanta farsa y mentira reaccione.

En siguientes entregas, trataremos por separado diferentes puntos expuestos en este primer artículo a modo de introducción, los distintos métodos y técnicas (algunos de los cuales han sido ya abordados en el Boletín de Información e Inteligencia Estratégica), y cómo prevenir y revertir los efectos causados por los mismos, así como otros temas.

Texto por Alejandra Chaparro del Río.

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