La Elección por la Presidencia de México la definirá el bando ganador en la guerra por el poder en Estados Unidos

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En julio de este 2018 habrá elecciones generales en México, en las cuales se renovará el Congreso Federal y muchos estatales así como gubernaturas que son las provincias, además de municipios y la Presidencia de la República.

En México la democracia siempre ha sido ficticia, existe el derecho al voto libre y secreto pero no existe el respeto al voto. Los fraudes electorales los instituyó como la práctica común en México el presidente usurpador e ilegítimo Benito Juárez García que es uno de los mayores traidores de la historia de nuestro país.

Desde mediados del siglo XIX cuando se hizo del poder de manera ilegal, Benito Juárez en su afán de perpetuarse en el poder, abrió las puertas del infierno electoral en México gracias a lo cual la población nunca ha elegido realmente a sus gobernantes, sino que solo ha tomado parte de una puesta en escena que cuesta miles de millones de pesos y presenta ante el mundo la imagen de una democracia que nunca ha existido en la realidad.

En México hay “grandes electores” como los hubo en tiempos imperiales y dictatoriales, esos “grandes electores” imponen su voluntad e intereses al resto de la población, pero no todos esos grandes electores son mexicanos, sino que los hay extranjeros también.

Los nacionales son los grandes empresarios, líderes de centrales sindicales, obreras y campesinas, magisteriales y de comerciantes, también los son los dueños de los grandes medios de comunicación, dirigentes de partidos políticos, la delincuencia organizada, la masonería y algunos miembros de la jerarquía católica y en los externos está la comunidad judía y libanesa y especialmente el gobierno norteamericano.

Desde que Benito Juárez tomó el poder ilegalmente en 1858 siendo presidente legítimo de México Félix Zuloaga, que había sido nombrado Presidente por los representantes de 27 Estados de la República, es decir por la totalidad de las provincias existentes entonces, pero a pesar de ello, Juárez se autoproclamó a sí mismo presidente sin el respaldo de ningún representante, ni el respaldo o reconocimiento de algún país extranjero.

Esto provocó una guerra intestina que duraría tres años, en la que el usurpador e ilegítimo Juárez, terminó haciéndose con el poder a la mala, al contar con el respaldo norteamericano, que a partir de entonces, asumió para nuestra desgracia, el papel de gran elector en México, ejerciendo poder de veto o de aprobación a algún candidato o grupo político que al quedar sometido y comprometido a ser reconocido por Estados Unidos, aceptó las más ominosas condiciones en perjuicio de nuestra nación.

El único presidente que impuso sus condiciones sobre las intrigas norteamericanas fue Porfirio Díaz, que se reeligió en muchas ocasiones pero sin contar con la simpatía norteamericana, sino simplemente con su tolerancia, hasta que esta se acabó en 1909 cuando se entrevistó Díaz con el presidente norteamericano Taff, lo cual selló el destino trágico de nuestro país pues ante la firme posición de Díaz ante los reclamos humillantes de Taff, éste decidió que se echaría a andar una operación de cambio de régimen en México y que no sería por la vía democrática, ni pacífica, ya que sabían los norteamericanos que Díaz no se iría del poder sin pelear y así fue como se planeó, organizó y financió desde Estados Unidos la Revolución “Mexicana”, la primera en el mundo del siglo XX y la sentencia al subdesarrollo de México, del cual no hemos logrado salir en más de cien años.

A lo largo del siglo XX, Estados Unidos avalaba o tiraba al gobierno en turno de México, pero después de la Segunda Guerra Mundial y para no abrir un nuevo foco de conflicto, se optó solamente por intervenir de la manera subrepticia y en secreto para decidir quién gobernaría México y cuando los presidente se revelaron ante esta sumisión, estallaban conflictos, como fue en caso de las revueltas estudiantiles de 1968.

El último acto de rebeldía de algún gobierno mexicano ante la imposición de la voluntad norteamericana, se dio con el presidente José López Portillo quien declaró moratoria a la deuda, y control de cambios, lo cual le costó al país y a su gobierno caer en la desgracia mediática mundial, la fuga de capitales y la quiebra de la economía mexicana, ese fue el castigo para quien osara rebelarse.

A partir de los gobierno de 1982 a la fecha, todos los presidentes han sido totalmente sumisos y entregados a cumplir la agenda norteamericana en México, dejando que la soberanía económica y en todos los rubros que ésta abarca, fuera anulada y pisoteada con el beneplácito del gobierno en turno.

En el año 2000 como parte de este plan de sumisión irrestricto a las políticas dictadas por el Departamento de Estado norteamericano, se determinó que en el juego ficticio de la democracia mexicana habría alternancia para presentar como algo verdaderamente funcional y legítimo, lo que es únicamente fachada y pose.

Vicente Fox fue presidente de México porque así lo ordenó Estados Unidos, igual que fue el caso de Carlos Salinas de Gortari, de Felipe Calderón, Ernesto Zedillo y actualmente Enrique Peña Nieto.

Por su parte toda la izquierda mexicana ha denunciado esta sumisión de los gobiernos mexicanos a la voluntad norteamericana, pero siendo ellos igualmente de sumisos al comunismo y en su tiempo a la Unión Soviética, carecen de autoridad moral para señalar a sus contrarios.

Ejemplo de esto es Andrés Manuel López Obrador, dos veces candidato de la presidencia y seguramente ganador en ambas, aunque por no ser el candidato presidencial elegido por el interés norteamericano, fue vetado y el fraude electoral escandaloso que le arrebató el triunfo fue legalizado, aprobado y aceptado por Estados Unidos, así en las dos anteriores elecciones López Obrador fue rechazado por el poder norteamericano y por los grandes electores que son los dirigentes de gremios y agrupaciones que ya hemos mencionado.

Pero para la elección de este año en México, hay un factor que no se había presentado en mucho tiempo en Estados Unidos y que será el que definirá no sólo quién será el próximo presidente de la república, sino el destino mismo del mundo entero; este factor es la guerra interna que hay por hacerse con el poder definitivo entre las élites de poder norteamericano e israelí.

Los dos bandos en disputa son, por un lado, los expresidentes, Bush, padre e hijo, los Clinton (Bill y Hilary), Obama y el financiero de todos ellos George Soros, con sus amos Rothschild por detrás, además de todo el complejo militar industrial norteamericano, la mayoría de los medios de comunicación, grandes corporaciones, el Partido Demócrata y sectores del Republicano.

En el bando contrario está el presidente Donald Trump, un amplio sector de denominaciones cristianas y el ala conservadora de la Iglesia Católica, algunos sectores del poderoso lobby judío, un puñado de medios de comunicación, organizaciones próvida y mucho de la población harta de las políticas anti familia y degeneradoras de los expresidentes antes mencionados y de toda la locura satánica que representa ese grupo.

Sin embargo, esta división no significa que Trump necesariamente represente a los buenos y sus contrarios sean los malos, que sí lo son, pero eso no convierte a Trump en el bueno, no necesariamente, o no en todo representa al bien, sino que es una grado quizá menor y distinto de maldad aunque en él se vean representados buenas causas como los defensores de la vida desde su concepción hasta su muerte natural.

En el caso de Israel está, digamos, del lado de Trump, el actual primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, que es un verdadero demonio, pero que ahora quedó en un bando contrario al del otro demonio judío llamado George Soros, por esta situación, Netanyahu ha cerrado filas con Trump, aunque en realidad durante la campaña presidencial norteamericana de 2016, el ministro israelí prefería y apostó por el triunfo de Hilary Clinton, sin embargo él terminaría negociando con quien ocupara el poder y gracias a la relación del yerno judío de Trump con Netanyahu, esta relación entre ambos se tersó al compartir como enemigo común a Soros.

En el caso de México este conflicto entre bandos judíos que ahora tienen con navajas apuntándole desde todas direcciones a la cabeza de Trump, se ve reflejado en la triada de candidatos que se disputarán la presidencia de la república.

Por un lado el puntero en las encuestas y quien los medios de comunicación ya presentan como el probable próximo presidente de México: Andrés Manuel López Obrador, cuenta en su equipo de trabajo, colaboradores y futuros ministros, a varios que están a sueldo de las organizaciones no gubernamentales de Soros y trabajan para sus intereses, además, la que es su representante y que aspira a gobernar la capital del país, es una judía que responde perfectamente a los intereses de Soros.

López Obrador presume su admiración por el gran traidor Benito Juárez, del cual nos ocupamos al inicio de este artículo, si él lo toma como modelo, nada bueno se puede esperar de él entonces, ya que además de la traición a la Patria en la que incurrió Juárez al pedir la intervención norteamericana en suelo mexicano, ofrecer parte del territorio, con la necesaria renuncia a la soberanía de otra parte del país y someterse vilmente a los intereses norteamericanos, Juárez provocó una guerra civil de carácter religioso por su odio masónico a la Iglesia, a la cual saqueó miserablemente, despojándola de instituciones que la Iglesia sostenía para dar asistencia social a la población ante la incapacidad del gobierno de proveer tales servicios como: escuelas, hospitales, orfanatos, asilos, universidades, etc.

Juárez simplemente decretó la nacionalización de los bienes de la Iglesia, que no fue más que convertir los delitos de robo y despojo en su manera de gobernar y para legalizar el hurto, se inventó una constitución que convertía el saqueo y la usurpación de la propiedad ajena, en un derecho y en ley.

En la actualidad quienes son ejemplos del proceder de Benito Juárez y sus actos delincuenciales en el continente americano son Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela y el finado Fidel Castro en Cuba, aunque cualquier dictadorzuelo de izquierda que haya tomado el poder en el continente a lo largo del siglo XX y XXI han incurrido en las mismas deleznables prácticas de nacionalizar o estatizar la propiedad privada, que no es otra cosa que robar a nombre del Estado lo que la iniciativa privada con trabajo, inversión, ingenio y esfuerzo tardó años o décadas en levantar y que los parasitarios gobiernos de izquierda solo arrebataron para apropiarse de sus frutos hasta que llevaron, como siempre pasa, a la empresa estatizada a la quiebra.

López Obrador es el candidato de la izquierda radical al que se le asocia con los regímenes de Chávez y Maduro en Venezuela, así como al de Castro en Cuba.

Aunque López Obrador trata de deslindarse de esta nefasta semejanza con lo peor del continente, su ideología lo traiciona y sus filias lo acercan a estos, ya que en el caso de Cuba y Venezuela, ambas naciones acabaron con la iniciativa privada para imponer a sangre y fuego el fracasado sistema comunista que dejó a ambas naciones en la miseria más absoluta, nacionalizando empresas, medios y toda clase de infraestructura y servicios que los gobiernos comunistas son incapaces de crear y sostener, por lo que optan por arrebatarlos a los que los han creado y después, ante su ineficacia en su manejo, los terminan llevando a la quiebra, que fue exactamente lo que pasó con Juárez y de no ser por la intervención y reordenamiento de las finanzas públicas y el gobierno en general que consiguió el general Porfirio Díaz, revocando y revirtiendo muchas de las nefastas y traidores medidas de Juárez a la nación y la Iglesia en México, se hubieran ido a la quiebra y hubiéramos terminado totalmente tomados por Estados Unidos.

Este desastre que evitó Porfirio Díaz y que sacó al país de la condición de quiebra y miseria en la que dejó al país Juárez, es de la que reniega López Obrador al invertir los papeles de héroe y gran gobernante, por el de traidor, colocando en este sitio a Porfirio Díaz y exaltando al traidor Juárez.

Por esta razón es que la masonería norteamericana sionista encabezada por George Soros ve con buenos ojos a un hombre como López Obrador con una mira histórica y política tan corta y pragmática, que no alcanzaría a ver más allá de las fronteras de México, aislándolo de su papel protagónico y natural de líder del continente hispanoamericano, con lo que sin dificultad sería avasallado por los intereses norteamericanos a los que López Obrador no sólo no se opondría, sino que seguramente colaboraría como lo hizo su prócer favorito y alter ego Benito Juárez, y si a esto le sumamos la clase de equipo que lo acompañaría para gobernar, tendríamos la mezcla perfecta del caos y la disolución social, ya que la mayoría de sus colaboradores son dictatoriales, autoritarios, y desprecian la voluntad de las mayorías para imponer el capricho de las minorías que ellos representan, como todo el abanico del marxismo cultural que llevaría al caos a nuestro país.

El otro candidato que también enarbola una bandera de izquierda aunque supuestamente él viene de la derecha es Ricardo Anaya, que conformó una alianza aberrante entre lo que fue en algún momento un partido de derecha con algunos militantes católicos, con el partido de la izquierda más diabólica que ha existido en el país y que se formó del desecho del podrido y masónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) que representa lo peor de las prácticas políticas en nuestro país.

Ricardo Anaya es un buen candidato para los intereses norteamericanos ya que él se ve y asume más como un gerente o agregado comercial o político de la embajada norteamericana en México, que en un posible gobernante de México.

Ricardo Anaya será el gato ideal sometido voluntaria y rastreramente a los intereses norteamericanos, será una especie de reedición del gobierno nefasto de Fox, pero con la cara dura e intolerante del gobierno de Calderón, con quienes Anaya lleva una pésima relación pero terminará siendo un remedo de ambos.

Y el tercero que disputa la presidencia es José Antonio Meade, el candidato del peor partido político que se ha engendrado en México: el Partido Revolucionario Institucional que proviene de la masonería del siglo XIX y que surgió después de la Revolución Mexicana como la cara renovada del liberalismo mexicano que tanto mal causó a nuestro país.

El PRI inicial, antes incluso de llevar ese nombre, fue el que gobernó de 1920 a 1940 y era dirigido y encabezado principalmente por militares surgidos de la revolución, fue lo peor que le pudo pasar al país después de las guerras civiles de 1910 a 1920 y la de 1926 a 1929.

De 1940 a 1970 otro grupo de gobernantes, aunque emanados del PRI, representaron un cambio de políticas y de visión que, con el modelo del desarrollo estabilizador y encabezado por civiles, en su mayoría, llevó a México en treinta años a lo que se conoció como el “Milagro Mexicano” que sacó de la miseria a la mayoría de la población y convirtió a un país en ruinas, en uno industrial, moderno, y con tasas de crecimiento anuales reales de más del 6%, alcanzando la autosuficiencia alimenticia y un pleno ejercicio de la soberanía, afianzando el lugar y papel de México como líder de los países hispanoamericanos y acotando dignamente la injerencia norteamericana en asuntos internos.

Pero en 1970 el gobierno norteamericano encabezado por Richard Nixon determinó que aprovechando el cambio de régimen sexenal que se renovaría ese años, México debería detener su rápido crecimiento y ascenso que lo llevaría al primer mundo en esa década, ordenando un cambio de rumbo que se concretó con el ascenso al poder del comunista Luis Echeverría que dilapidó toda la riqueza acumulada y comenzó la espiral de caída libre de la economía y del poder adquisitivo que terminó de arruinar su sucesor, llegando a la quiebra técnica del país en 1982 del último gobierno que se denominó nacionalista.

A partir de 1982 vino un nuevo giro en el grupo de poder que gobernaría México, dictado desde Estados Unidos, y así entraron en escena los llamados tecnócratas, es decir, economistas ultra liberales que se formaron o mejor dicho se deformaron en las universidades norteamericanas y llegaron a México con la idea de funcionar como gerentes de una corporación internacional llamada Estados Unidos, de la cual ellos serían eficaces gerentes en la sucursal México.

Lo primero que hicieron fue regresar a manos privadas todo lo que los gobiernos de las últimas décadas habían nacionalizado, pero ya no lo devolvieron a manos mexicanas, sino principalmente a manos extranjeras y estos tecnócratas que careciendo de toda ética en cuanto se trataba de obtener ganancias y manipular los números y cifras para presentar ante el mundo una boyante economía mexicana, cuando en realidad estaba contrayéndose, colapsando y perdiendo poder adquisitivo el salario y valor la moneda, favorecieron el florecimiento de actividades ilícitas con tal de que aportaran liquidez a la economía como fue el caso del narcotráfico que vio con el advenimiento de los tecnócratas su momento de mayor expansión y crecimiento.

Este grupo de tecnócratas culminaron su obra con la firma del acuerdo comercial más ambicioso y grande realizado por México, el cual involucraba a Canadá y Estados Unidos con lo cual el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) convertía a la economía mexicana en una subsidiaria de la norteamericana a la vez que sectores industriales y agrícolas de Estados Unidos se fueron a la quiebra por no poder competir con los salarios y costos de producción de la mano de obra esclava de México.

Este modelo de dependencia mutua y quiebra para sectores enteros a ambos lados de la frontera se perpetuó desde 1994 hasta este 2018 que el presidente Donald Trump puso sobre la mesa la posibilidad de cancelarlo para espanto del grupo de poder norteamericano y mexicano que se ha beneficiado con él y que ha gobernado y saqueado la economía nacional a través de este acuerdo.

Ese grupo de poder es precisamente al que ahora enfrenta a Donald Trump, pues ve su fuente inagotable de saqueo y obtención de recursos ilícitos en peligro ante el amago de Trump de cancelarlo.

En México el grupo de poder afectado con esto son precisamente muchos de esos grandes electores que enumeramos al principio de este artículo y especialmente el grupo de poder que ahora gobierna el país, que es el priismo de Atlacomulco, representante de la más podrida, rancia y dura masonería mexicana de la cual es digno candidato José Antonio Meade el tercero en discordia en la disputa por la presidencia y que aun sin pertenecer al PRI como afiliado, ni al PAN al que también sirvió fielmente en la agenda destructora del país, ahora él se presenta como ese candidato que representa también, exactamente, los intereses norteamericano y de los grandes electores mexicanos, pero cargando sobre sus hombros el inmenso cúmulo de desastres que va dejando a su paso este sexenio que quizá sea el peor de la historia del país.

Con este panorama tenemos que los tres candidatos que aspiran a la presidencia de México representan en mayor o menor medida los intereses de ese grupo de poder norteamericano con sus tentáculos en México que tanto mal han causado a nuestro país.

Pero falta saber, para tener la ecuación completa, cuál de los tres será el candidato por el que se decantará Donald Trump y el poder que él representa al frente del gobierno norteamericano.

A quién apoyará la Casa Blanca no está tan claro, ya que, aunque podría verse que los tres servirían a sus intereses, de cumplir con el papel de presidentes sumisos a su voluntad, hay algunos factores que podrían inclinar la balanza hacia uno u otro lado.

De entrada es real la animadversión de Trump por la izquierda y él trabajara desde su administración por barrer a los regímenes de izquierda que fueron respaldados y apuntalados por Obama y que serían confirmados por Hilary Clinton si hubiera ganado la presidencia, pero Trump va en sentido contrario y el primero en caer podría y debería ser Nicolás Maduro, para dar un golpe de mesa que necesita dar Trump ante los regímenes de izquierda que ahora están floreciendo por todo el continente con el apoyo y bendición del comunista descarado Jorge Mario Bergoglio.

Esta animadversión entre Trump y Francisco por sus posturas ideológicas y posturas totalmente contrarias, es la misma que separa a Trump de López Obrador, con lo cual éste seguramente no recibiría el beneplácito del actual presidente de Estados Unidos.

En el caso de Anaya y de Meade la situación no sería tanto por cual candidato optaría Trump, sino cuál de los dos llegaría con un margen de gobernabilidad mayor y ahí sin duda el elegido sería Meade o cualquier candidato que eligiera el PRI, si es que no llegara a terminar la campaña Meade.

En el caso de Anaya, aunque él como tal sería como ya lo hemos mencionado, un candidato totalmente servil a los intereses norteamericanos, es previsible y casi seguro que en caso de que llegara a obtener la presidencia, se desataría de inmediato una guerra intestina en la aberrante alianza de los tres partidos opuestos que abanderaron a Anaya, ya que él, para empezar, cuenta con mucha oposición dentro del PAN su partido de origen, además el PRD es un conglomerado de tribus que están en constante ebullición, guerra y confrontación, con lo cual de inmediato se desatarían las luchas internas de poder y Anaya carecería del margen de maniobra que exigiría Estados Unidos para gobernar a través de él, así que Anaya, por el entorno político adverso que creó por hacerse con la candidatura contra la voluntad de la mayoría de su partido, será el responsable de auto descartarse.

Y el que quedaría como la opción más viable para Estados Unidos será el candidato del PRI, cualquiera que este fuera, ya que el PRI apostará a mantener una mayoría en ambas cámaras: la de Senadores y Diputados, además de conservar más de la mitad de las gubernaturas del país y con su estructura podría ofrecer a Trump la estabilidad necesaria para que Estados Unidos pueda seguir decidiendo el rumbo de México, sin que la oposición pueda impedirlo.

Sin embargo hay un detalle no menor a considerar: si algo odia verdaderamente Donald Trump de la política mexicana es precisamente todo lo que representa el PRI en cuanto a ser un partido antidemocrático, corrupto, criminal, delincuente etc., que ha llevado al 70% de la población mexicana a vivir en la pobreza, razón por la cual millones de mexicanos son obligados cada año a arriesgarse a cruzar la frontera norteamericana buscando el sueño americano, que aquí se volvió pesadilla ante el amasiato del gobierno priista con la delincuencia organizada y narcotraficante que ha conformado una superestructura delincuencial que se protege y beneficia mutuamente en perjuicio de la mayoría de la población e incluso de la estabilidad social de México y de la frontera sur de Estados Unidos.

Trump es consciente que la única manera de resolver esta situación sería cambiando radicalmente de régimen en México, destruyendo políticamente al PRI y tomando el control de la situación a través del nuevo gobierno, que en ese sentido, representaría Andrés Manuel López Obrador, como el enemigo acérrimo de este sistema corrupto, pero él es el candidato menos deseable para Trump por la misma razón que Anaya no sería viable, ya que López Obrador, en su afán de llegar a toda costa al poder, se rodeó de toda clase de gente de todos los partidos, ideologías y ambiciones que destrozarán al gobierno de ser él quien gane las elecciones, así que la serpiente se ha mordido la cola y el círculo se ha cerrado sin que exista una verdadera alternativa que pueda ser benéfica para México.

Cualquiera de los candidatos que disputen la presidencia de México será el triunfado de acuerdo al verdadero conflicto que definirá la estabilidad del mundo o la guerra total, así como un futuro o el caos general, que es la guerra entre el bando de los expresidentes norteamericanos, Soros y sus amos, contra Trump y las fuerzas dentro y fuera de Estados Unidos que logre allegarse para enfrentar esta guerra abierta mundial, en la que aún no se ha disparado un solo tiro pero que decidirá la vida de millones en todo el mundo y para México, quién será su próximo verdugo que tendrá como imposición terminar de desmantelar lo poco que dejó en pie Enrique Peña Nieto.

Quizá la única alternativa real para Trump, que garantice romper el sistema corrupto y enviciado de política y delincuencia organizada y que además podría garantizar el orden y la estabilidad en lo que se construye una alternativa real de gobierno, sería que las fuerzas armadas mexicanas, el ejército y la marina se hicieran con el poder, contando con el beneplácito de Estados Unidos, ante esta situación de pérdida total del control del gobierno que ha claudicado y negociado la vida del país con el crimen organizado.

Eso sería la única salida para que Trump, si de verdad desea deshacerse del TLC con México y Canadá y de verdad quiere limpiar la clase política en México, y conseguir que México recobre el rumbo que tanto beneficiaría al mismo Estados Unidos, empezando por repatriar compatriotas y después creando las condiciones para que una renovada clase política pero proveniente de la sociedad civil que nunca haya participado en partidocracia, asuma el control y gobierno de México a través de unas elecciones limpias en las que por primera vez en la historia de México se respete y haga valer la voluntad de la población.

Artículo publicado en el Boletín BIIE Vol.05 No.09 – Febrero 2018 Primera Quincena.

Nació en la Ciudad de México En 1975.

Analista político desde hace más de 23 años, ha dado asesorías estratégicas a la iniciativa privada, a las fuerzas armadas, partidos políticos, a la Iglesia y a representaciones diplomáticas.

Ha impartido cursos de religión, historia, apreciación e historia del arte, geoestratégia y política, crecimiento personal y espiritual, entre otros temas en diversas ciudades de México.

Ha escrito más de 400 artículos sobre una amplia gama de temas como: historia, economía, política, defensa de la vida, escatología, religión, arte, ciencia, tecnología, nuevo orden mundial y revisionismo entre otros temas que han sido publicados en revistas y sitios de internet de México y otros países de habla hispana de América y Europa.

Fundó hace cinco años el Boletín de Información e Inteligencia Estratégica (BIIE) que es una publicación internacional calificada como uno de los mejores y más especializados medios de inteligencia, que se publica quincenalmente, y además produce videos de conferencias, entrevistas e informes especiales con sus corresponsales de diversas partes del mundo.

Participó como ponente junto con expertos de todo el mundo en el primer Congreso Internacional Identitario en mayo de 2015 en Guadalajara, Jalisco, México.

En febrero de 2016 publicó su primer libro Iglesia Perseguida Iglesia Verdadera que fue prologado por el Doctor en Teología y Doctor en Humanidades José Alberto Villasana.

Por invitación e iniciativa de Esteban Arce, uno de los comunicadores más importantes e influyentes de México, Miguel Salinas Chávez fundó en marzo de 2017 Orgullo e Identidad Nacional Mexicana (OEINM) que es una productora de contenidos audiovisuales para crear material identitario nacionalista de México, el cual originalmente se difundió a través de los medios de comunicación abierta más importantes de México como son Televisa y Grupo Imagen, en los espacios informativos que conduce Esteban Arce y ahora además, ese contenido se difunde en su propia página web, su canal de YouTube, y ampliamente en las redes sociales con la intención de despertar y exaltar el orgullo por la identidad nacional.

Es colaborador del periódico español Gaceta.es que es uno de los más influyentes de aquél país.

Es el representante en México de Infovaticana que es uno de los sitios web más seguidos e influyentes a nivel mundial sobre temas relacionados con la Iglesia Católica.

Conduce el programa México para Iberoamérica del canal de TV argentino TLV1.

Es colaborador y el representante en México del Consorcio de Medios español Grupo Intereconomía.

Es el representante en México del canal de tv colombiano Tele Amiga.

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