¿Es lícito el levantamiento armado? y otras preguntas de Anacleto, mártir en México

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El 31 de julio de 1926, entraron contemporáneamente en vigor la ley de reforma del Código Penal mexicano, promovida por el presidente Plutarco Elías Calles para implementar efectivamente las disposiciones constitucionales más hostiles a la Iglesia católica (que pasó a la historia como “Ley Calles”) y la suspensión del culto público que decidió el episcopado mexicano en señal de protesta contra la imposición de la legislación anticlerical.

Dos decisiones que marcaron un punto sin retorno en la tensísima confrontación entre la Iglesia y el estado y abrieron el camino a la rebelión armada de los cristeros que bañaría en sangre al país durante tres años.

Si muchos católicos optaron por las armas –remitiéndose a lo que afirma la teología moral (y nunca fue rebatido durante la guerra cristera por las autoridades eclesiásticas, incluyendo al papa Pío XI)– también hubo otros que, comprendiendo las razones de la lucha armada, se adhirieron personalmente a la causa de la resistencia no violenta, concentrándose en el campo del activismo cívico.

Entre ellos se destaca la figura de Anacleto González Flores, fundador de la Unión Popular, que fue asesinado por odio contra la fe en Guadalajara la noche del 1 de abril de 1927 y fue beatificado por Benedicto XVI el 20 de noviembre de 2005.

De él hablamos con Fidel González Flores, quien ha dedicado muchos años de su vida a reconstruir la epopeya de los cristeros, la sublevación popular contra las leyes que negaban la libertad religiosa en México (1926-1929).

Probablemente es una de las personas que más sabe del tema en el mundo. Conoce en profundidad los sufrimientos de cientos de hombres que fueron torturados y asesinados por el ejército del presidente Plutarco Elías Calles, como Anacleto González Flores.

“Cuando se hace un proceso de beatificación –me explica el padre Fidel, que es el postulador de Anacleto– el proceso termina allí; pero una legislación antigua, prácticamente de los tiempos de Urbano VIII en el 1600, establece que, para proceder a la canonización y extender la veneración de este beato a toda la Iglesia, se debe verificar por lo menos un milagro. Antes se requerían dos, pero después se limitó a uno para facilitar las cosas. Para Anacleto solo falta que se verifique un milagro”.

¿Pero hay un milagro en estudio?

No. Hay gracias atribuidas a él, lo mismo que a sus otros compañeros. Eran todos jóvenes, y eso resulta impresionante.

Todos eran jóvenes con buena formación católica e intelectualmente bien preparados; algunos eran jóvenes profesores o abogados o por lo menos con un título en leyes.

Lo único que pedían era que se reconociera la libertad religiosa, no pedían privilegios, no pedían excepciones, querían igualdad para todos, la libertad de conciencia, la libertad de expresar su fe.

¿Qué tipo de país era México?

Un país de inmensa mayoría católica, dominado por una clase anticlerical, anticatólica y masónica que tenía un proyecto muy claro: la erradicación del catolicismo de México.

Y este era el objetivo de uno de los protagonistas más importantes de ese período, el presidente Plutarco Elías Calles, bajo cuyo mandato murieron todos estos mártires.

¿Anacleto y sus compañeros asesinados, cómo intentaron afrontar la situación?

Defendieron desde el principio la libertad religiosa, presentando en el Parlamento mexicano una petición con más de un millón de firmas, muchísimas para la época. Sin embargo, no fueron escuchados.

Pedían que se reformaran algunos artículos de la Constitución que sancionaba un Estado que controlaba la vida de los ciudadanos desde el nacimiento hasta la muerte. Podía decidir hasta la educación de tus hijos, así como otros muchos aspectos de la vida de las personas, e incluso su sepultura.

¿Qué preparación tenían Anacleto y sus compañeros?

Leían mucha literatura que provenía de Francia, de Alemania, y algo de Italia y de España. Fundamentalmente, los grandes padres del movimiento social católico. Ayudados por algunos jesuitas que les facilitaban los textos.

Por lo tanto no estaban improvisando. Se reunían en la casa de uno de ellos, publicaban semanalmente un boletín con estas ideas. Ideas que hoy nadie se atrevería a negar, como la libertad de conciencia…

¿Eran iluministas cristianos?

Sí, totalmente. Lo de ellos fue una experiencia integral de vida, había una unidad profunda entre ser cristianos y ser hombres, sin ninguna dicotomía.

Estaban mucho más avanzados que muchas realidades actuales, sobre todo en cuanto al significado de ser hombre como fuente de derechos, y en consecuencia, no tanto por pertenecer a una determinada religión, sino por el solo hecho de ser hombre.

Cuando fracasaron las iniciativas civiles, se pasó a las armas…

Después de las firmas, hubo otro momento significativo: una huelga económica que consistía en no comprar nada. Además la Iglesia, cuando le confiscaron todos sus bienes comenzó una huelga litúrgica, sacando el Santísimo Sacramento de los altares.

Los obispos fueron expulsados, los que permanecieron, vivían ocultos y si los capturaban, eran expulsados o enviados a la cárcel.

¿Es lícito el levantamiento armado?, se preguntan Anacleto y los suyos. Fue un grave problema de conciencia.

¿Y cómo respondieron?

Consultando. Escucharon a sus obispos, algunos dijeron: muramos mártires; pero no se puede obligar a nadie a morir. Otros en cambio aprobaron el levantamiento armado.

Por otra parte la noción de que, ante un tirano, el levantamiento es lícito – elaborada por la escuela de Salamanca, en el sentido de que, después de haber recurrido a todos los medios lícitos, el Estado tiránico continúa o incrementa sus abusos – la conocían muy bien.

La reacción del gobierno fue fuerte…

Todo sacerdote descubierto ejerciendo su ministerio era ejecutado en ese mismo lugar. Todos estos sacerdotes mártires fueron fusilados en el momento en que fueron descubiertos.

Este grupo de intelectuales encabezado por Anacleto había sido identificado por el Gobierno, que fue eliminándolos uno por uno.

Anacleto fue torturado y al final fusilado en el principal cuartel de Guadalajara, que hoy sigue funcionando como tal. Cuando paso por allí, pienso en todas las personas que mataron en ese lugar, y muchas de ellas quedaron en el anonimato.

En el funeral de Anacleto, el pueblo se apropió de su cuerpo y lo llevó en procesión como un mártir del poder. No tuvieron miedo, a pesar de las persecuciones que había.

Al cabo de tres años de lucha, los Cristeros controlaban el país…

Sí, sin embargo, debido al acuerdo al que se llegó con la mediación de Estados Unidos, que logró convencer incluso a los obispos sobre la necesidad de una solución, depusieron las armas.

Los Cristeros tenían la victoria en la mano pero comprendieron que Estados Unidos nunca lo hubiera permitido, porque tenían demasiados intereses en juego.

Según el acuerdo, algunos puntos de la Constitución debían ser cambiados y la Iglesia tendría la gestión del culto. Todo ello no impidió la carnicería de los cristeros después que depusieron las armas.

Un dato importante: los soldados federales que murieron en esta guerra son cerca de cien mil, porque eran reclutados en los poblados de manera forzada, no porque compartieran los ideales masónicos. Los cristeros que murieron fueron unos veinticinco mil.

¿Qué es lo que queda de Anacleto y sus compañeros, y de los cristeros?

La gran fidelidad a la Iglesia. Tenían motivos más que suficientes para decir: ese obispo no entiende nada o no estamos de acuerdo con aquel otro. Y sin embargo, es conmovedor el sentido de obediencia eclesial que tenían, aun a riesgo de su propia vida.

Hasta el día de hoy la memoria de los mártires está muy viva. Perduran su recuerdo y su fe.

Fuente: Aleteia, Vatican Insider

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