«Francisco es un antipapa»: Cardenal George Pell

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Compartimos un artículo publicado en enero de 2015 de gran actualidad:

Crece entre obispos y cardenales la convicción de que Bergoglio no es Papa, debido a irregularidades en el proceso de renuncia-sucesión.

  Se aducen cuatro causas de nulidad canónica: 1) la resignación de Benedicto XVI no fue válida, al haber sido hecha bajo la presión de una amenaza; 2) Cuatro cardenales hicieron trabajo de cabildeo a favor de Bergoglio, lo cual está explícitamente prohibido por la Constitución; 3) Durante el Cónclave de 2013 se cometieron dos irregularidades que hacen inválida la elección de Francisco.

  El Cardenal George Pell declaró públicamente que Francisco no sería el Papa 266 como todos creen, sino el antipapa 38 en la historia de la Iglesia.

  Tres bombas han explotado dentro de la Iglesia Católica. Se trata de testimonios que documentan por qué Bergoglio pudiera en realidad no ser Papa.

  Una de ellas fue la publicación de L´Avennire, el periódico de los obispos italianos que, en su gaceta del 7 de enero de 2015 reveló que Benedicto XVI fue objeto de una traición y de una conjura, mediante las cuales lo coaccionaron para dimitir. En la página 2, sección editorial a cargo del director Marco Tarquinio, se lee: «hubieron ambientes que por motivos de poder y hostigamiento, traicionaron y complotaron para eliminar al Papa Ratzinger, y lo obligaron a renunciar».

 Ya el jesuita Arnaldo Zenteno, en el número 3 de su «Informe», había revelado que cuando el recién electo Francisco fue a Castel Gandolfo para visitar a Benedicto XVI, este último le confió que una de las causas que influyeron en su renuncia fue constatar las amenazas que recibió, pues ya se había tomado la decisión de matarlo. Fue por esto que, en una jugada para neutralizar el atentado, hizo pública su renuncia y así desarmó el intento de homicidio.

 Pero más grave que la amenaza de muerte (pues Ratzinger nunca ha temido dar la vida por Cristo), fue la amenaza de un cisma, por la que le hicieron saber que tenían una lista con firmas de sacerdotes, religiosos, obispos y cardenales modernistas prontos a constituir una nueva Iglesia separada de Roma si él no aceptaba sus exigencias.

  Desde el punto de vista estratégico humano, el movimiento de Benedicto XVI de renunciar fue magistral, a la vez de inesperado, pues haciéndose a un lado desinfló la amenaza que se cernía sobre la Iglesia.

  El problema está en que, al haber renunciado en parte por esa presión (dijo no tener la edad y las fuerzas para enfrentar algo «grave» en la Iglesia), su decisión no fue del todo libre, por lo que canónicamente el acto es nulo por inexistencia. Ciertamente él dijo que renunciaba «libremente», sin duda con el objeto de no causar un escandaloso terremoto en la Iglesia, pero la resolución que adoptó está viciada in radice (desde su raíz) por una violencia moral, lo cual anula la validez del hecho. Cualquier canonista conoce esto a la perfección. Además, existen sobrados indicios de que Benedicto XVI era consciente de que, a pesar de ese movimiento magistral, seguiría siendo el Vicario de Cristo, y que solo estaba renunciando a los cargos administrativos del papado.

 En su discurso de despedida de la curia, el 27 de febrero, el día anterior a tomar el helicóptero y retirarse temporalmente a Castel Gandolfo, habló de la vocación que recibió de Dios al haber sido electo Papa el 19 de abril de 2005. Allí dijo (párrafo 23) que el llamado que recibió de Cristo es ad vitam, y que nunca podrá renunciar a él (como siempre lo entendieron todos los Papas en la historia de la Iglesia): «El «siempre» es también un «para siempre» –no hay más un retorno a lo privado», dijo claramente.

  Además, estableció ante los órganos jurídicos de la Iglesia que él conservaría la sotana blanca, mantendría el apelativo «Su Santidad», conservaría las llaves de Pedro en su escudo, y seguiría siendo Papa, añadiendo simplemente el apelativo «emérito». Esto es muy significativo pues, cuando el Papa Gregorio XII renunció, volvió a ser cardenal, y cuando el Papa Celestino V renunció, volvió a ser monje religioso. No lo decidió así Benedicto XVI.

  La segunda bomba, hablando cronológicamente según sucedieron los hechos, no según fueron publicados, es el libro «El Gran Reformador» de Austen Ivereigh, que revela cómo un grupo de cuatro cardenales liberales (Walter Kasper, Karl Lehmann, Godfried Danneels y Cormac Murphy-O´Connor) se asociaron para orquestar ilícitamente una campaña a favor de la elección de Bergoglio, después de que éste último aceptó ser el beneficiario de esa confabulación.

 Cabe mencionar que Ivereigh es gran admirador de Francisco, e incluso acudió al Vaticano para entregarle personalmente un ejemplar de su libro, sin pensar que en el capítulo 9 «El Cónclave», en el que narra cómo el grupo de cardenales que denomina el «Team Bergoglio», hicieron unacampaña de cabildeo para allanar el camino al candidato argentino, compromete la legitimidad de la elección. Seguramente Ivereigh no sabía que la Constitución que rige los cónclaves, la Universi Dominici Gregis, establece penas de excomunión latae sententiae (es decir automática, sin necesidad de declaración) para los cardenales que promuevan votos a favor de alguno (Art. 81, 82, 83).

 Los responsables de ese cabildeo estuvieron excomulgados de inmediato, ipso facto, y eo ipso, y dejaron de formar parte de la Iglesia. Más aún, la Constitución señala que también la persona que acepta ese lobbing queda excomulgada. Es decir, el mismo Bergoglio estaría fuera de la Iglesia al momento de su elección.

 La tercera bomba fue la publicación de dos libros que dan a conocer irregularidades que se cometieron en el cónclave que eligió a Francisco. El primero es el libro de Elisabbeta Piqué (biógrafa autorizada de Bergoglio desde Argentina) titulado «Francisco, vida y revolución». Piqué supo, por el mismo Francisco, lo que sucedió dentro del cónclave. El otro libro es del famoso vaticanólogo Antonio Socci «Non è Francesco» (El Papa no es Francisco). Las revelaciones de Piqué son tan consideradas como provenientes de Francisco que el Osservatore Romano, periódico oficial del vaticano, publicó el capítulo en que se narra la forma en que se desarrolló el cónclave. También hizo lo mismo Radio y Televisión Vaticana.

 Y es que Bergoglio, al ser electo Papa, sintió que la amenaza de excomunión -que recae sobre cualquier cardenal por revelar lo sucedido en el cónclave- ya no le afectaba, y le narró a la periodista cómo sucedieron las cosas dentro de la Capilla Sixtina. La narración: en el cónclave, la tarde del 13 de marzo, en la cuarta votación del día, aparecieron 116 votos, cuando solo había 115 cardenales en el aula. Un cardenal metió una papeleta de más.

 Esa cuarta votación la ganó el Cardenal Angelo Scola de Milán (la misma Conferencia Episcopal Italiana emitió un boletín felicitando a Scola por haber sido electo Papa). Esa votación se anuló.

 Ahora bien, la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis (Art. 69) establece que cuando hubiera dos papeletas dobladas como proviniendo de un mismo cardenal y tuviesen el mismo nombre o uno estuviese en blanco, se debe contar como un solo voto. Si, en cambio, lleva dos nombres diversos, se anulan ambas papeletas y ninguno de los dos votos es válido. Pero claramente establece: «en ninguno de los dos casos se deberá anular la elección». En este caso, hubo una papeleta blanca de más. Y no se siguió lo establecido, sino que se anuló la elección, cosa que estaba expresamente prohibido.

 Contraviniendo las disposiciones de la Constitución, la cuarta votación se declaró nula, obligaron al Cardenal Angelo Scola a regresar a la Capilla Sixtina, y se procedió a una quinta votación, en la que salió electo Bergoglio.

 Esa fue la segunda irregularidad del cónclave, pues la Constitución establece (Art. 63) que solo debe haber cuatro votaciones cada día, dos por la mañana y dos por la tarde.

 La situación de que la designación de Bergoglio fue efectivamente inválida es clara si nos atenemos al artículo 76, el cual afirma que: «Si la elección se llevase a cabo de forma diversa a como está prescrito en la presente Constitución o no se hubieren observado las condiciones establecidas la elección es, por ello mismo, nula e inválida, sin que intervenga ninguna declaración a propósito y, por lo mismo, ésta no confiere ningún derecho a la persona elegida». Es necesario releer el discurso del Papa Benedicto XVI del 27 de febrero de 2013, el día anterior a retirarse y tomar el helicóptero hacia Castel Gandolfo, en el cual dio a conocer los alcances de su renuncia.

 En ella declaró: «La gravedad de la decisión ha sido propiamente el hecho de que desde aquel momento (el de su elección como Papa, en 2005) estuve comprometido para siempre con el Señor». Es decir, Benedicto tenía claro que no podía renunciar a su vocación como Vicario de Cristo (un cargo espiritual que es ad vitam), y sólo renunciaba a los cargos administrativos del papado. Este cúmulo de evidencias llevó al Cardenal George Pell a declarar que Francisco bien podría ser el 38 antipapa en la historia de la Iglesia, y no el Papa 266, como la inmensa mayoría cree.

 El hecho de que Benedicto XVI siga siendo el Vicario de Cristo explicaría por qué éste se ha distanciado de las ideas proclamadas por Bergoglio, quien ha declarado que «todas las religiones son iguales», ó que «Dios no es católico» ó que «da igual si un niño es educado por un judío, o un musulmán o un cristiano». En su discurso para la Universidad Urbaniana, el 22 de octubre de 2014, Benedicto XVI refutó esas tesis de Francisco, derivadas de un falso diálogo interreligioso, y marcó su discrepancia doctrinal respecto a las mismas. Por el contrario, Benedicto XVI reafirmó que Jesucristo es el camino para llegar al Padre; recordó que la Iglesia -y su único Dios- es católica desde el inicio, pues ofrece la salvación a todos; y que el cristiano tiene el mandato de proclamar la fe en Cristo hasta los confines de la Tierra.

 El afán de igualar y unir a las religiones en bien de una «paz común» es una herejía del Siglo V conocida como «Irenismo».

 Esa ideología proponía una religiosidad ajena a la identidad específica de cada religión, una «unidad» de creencias para evitar las «guerras de religión».

 El término viene de la propuesta de Erasmo de querer conciliar el catolicismo y el protestantismo, pero más recientemente ha servido para impulsar la idea de lograr una unificación religiosa universal, presuntamente en pro de la paz que supere las diferencias que provocan entre sí las distintas religiones.

 El Irenismo se desarrolla en la simulación, la concesión de lo propio y en el no querer manifestar que existe una verdad absoluta y una religión verdadera.El Concilio Vaticano II condenó el Irenismo en el número 11 del Decreto Unitatis Redintegratio diciendo que «no hay nada tan ajeno al ecumenismo como ese falso Irenismo que daña la pureza de la doctrina católica y oscurece su sentido genuino y cierto».

 Lo que hizo Benedicto XVI, con el discurso a la Urbaniana, es ratificar la doctrina del Concilio y distanciarse de la herejía irenista profesada por Bergoglio. Así describieron algunos santos y místicos el cisma que sacudirá a la Iglesia, y que podría tener mucho que ver con la herejía papal que estamos presenciando: • San Francisco de Asís: «Habrá un Papa electo no canónicamente que causará un gran cisma en la Iglesia». • Beata Ana Catalina Emmerick (religiosa agustina): «Vi una fuerte oposición entre dos Papas, y vi cuan funestas serán las consecuencias de la falsa iglesia (…) Esto causará el cisma más grande que se haya visto en la historia». • Sor Lucía de Fátima: «Habrá cardenales contra cardenales, obispos contra obispos; satanás marchará en medio de ellos».

 Hay que estar atentos a lo que sucederá en la tercera y cuarta luna de sangre. Y hay que rezar mucho por la Iglesia, la cual se encuentra en medio de una acre tempestad.

Fuente: ultimostiempos.org

Doctor en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma y Doctor en Humanidades por la Universidad de Salamanca.

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